Mostrando entradas con la etiqueta . A LOS BRAZOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta . A LOS BRAZOS. Mostrar todas las entradas

27 de enero

Ayer mi hijo cumplió nueve años. 

Ayer fue un día aparentemente normal salvo que no se quedó a comer en el comedor de la escuela como hace siempre y nos fuéramos a comer los tres juntos unos deliciosos macarrones con atún; salvo que por la tarde después de ir a su clase de bombardino y hacer sus deberes fuéramos a jugar al parque, aunque hiciera frío, aunque la noche con sus nueve y media se nos viniera encima. 

Ayer fue un día aparentemente normal a pesar de las muchas risas que compartió con su madre mientras, ya en la cama, leía un libro de los de la escuela.

Ayer podría haber sido un día más pero no. Su madre y yo sabemos que hace nueve años, ese día nació nuestro niño y con él nacieron muchas cosas más que siguen creciendo, como él, cada día. Como el goce de verle dormir, como el placer de escucharle reír, o cantar mientras se ducha, o verle jugar. El palpitar ante el abrazo, o la mirada, o la palabra que nos regala, a veces sin venir a cuenta. Sí, es un absoluto placer verle crecer y crecer junto a él. Reconocer en él y con él la improvisación de lo educativo, la belleza de un atardecer, la fuerza de un poema, la responsabilidad ante lo vivo, lo rotundo de un sueño, la satisfacción del esfuerzo y el absoluto placer del disfrute de la vida. Reconocer en él y con él la necesidad de mejorar, de exigir, de construir cada día.

Sigue creciendo. Y su madre y yo seguimos descubriendo y disfrutando de este camino tan difícil como placentero y gratificante que es el educar.

Crecer, caminar, reír, escuchar, mirar, rectificar, aprender, soñar, temer, afrontar, planificar, compartir, decidir, intentar, hacer, correr. Verbos que nos acompañan en nuestro día a día. Verbos que forman parte de nuestro cotidiano familiar gracias a él. Y que todos están dentro de querer, de amar, de vivir.

Ayer mi niño cumplió nueve años. Nosotros, seguimos creciendo con él.
Y qué regalo hacerlo juntos.

Ayer mi niño cumplió nueve años ya. Y toda la intensidad que hemos vivido nos alienta a comernos todo lo que la vida nos ponga por delante.

Allá vamos.


Sembrando cuentos

Desde hace varios años colaboro de una manera gratificante con un proyecto de mis compañeros además de amigos los Légolas. Se llama Atrapalabras. Como todo lo que hacen lo miman, miden, objetivizan, median, evalúan y, en la mayoría de los casos, si no hay trabas insalvables de por medio (que suelen ser ajenas) lo consiguen.

Colaboro con el proyecto sembrando cuentos. Cada mes le piden a algún narrador un cuento, no muy extenso. Lo imprimen, lo pegan en postales y se dedican a ir sembrando ese cuento allá por donde van. A mí me mandan doscientas postales al mes y trato de repartirlas a diestro y siniestro aunque, ellos no lo saben, hay meses que se me acumulan y hay otros que chorreo postales por donde piso. Me encanta, sobre todo, dejarlas en lugares donde las personas van a pasar un tiempo largo, o corto pero muchas personas, o pocas, o... Bueno, la verdad es que la iniciativa me resulta tan excitante que cuando me acuerdo y llevo postales (que en el coche siempre me acompañan, ahí se queda. Y así escuelas, institutos, teatros, peajes (este nunca se me escapa), bibliotecas, mercados, estaciones de tren, de autobús, cajeros automáticos, aeropuertos, baños de las gasolineras, de los restaurantes, bancos de parques, museos, casas particulares, ayuntamientos, delegaciones de hacienda, tráfico, aguas municipales... han sido sembradas con cuentos que quién sabe si han brotado o no, pero eso ya se nos escapa. En cada postal se invita a la persona que la encuentra a que entre en el blog y comparta su experiencia, pero realmente son pocas las personas que se animan a hacerlo.

De vez en cuando, me piden un cuento para una de esas postales, y no es fácil, no creáis.  Nada fácil resulta elegir un cuento que queda escrito, fijo, y que a la vez viaja sin saber dónde. 

Este mes de agosto, la postal tiene uno de mis cuentos que, quizá, a quien ha seguido mis aportaciones al blog y al facebook estos últimos tiempos, quizá le suene de algo.

Salud y ojalá encontréis un día, sin esperarlo, un atrapalabras y lo disfrutéis (seguro).



HOMBRE SILENTE

de Félix Albo

Por una operación sin importancia, se vio obligado a mantener silencio durante quince días. Silencio absoluto.

Tuvo que, con sus propios recursos, aprender a desenvolverse sin voz en una sociedad ruidosa y comprobó con absoluta sorpresa cómo la gente le prestaba más atención y se manifestaba mucho más amable con él que cuando utilizaba la palabra. Y así, practicó miradas, señas y sobretodo sonrisas con cajeras, tenderos, dependientas, funcionarios y ciudadanos en general. Condensó con empeño todo el cariño posible en el roce de la mano de su pareja, en el acariciar del pelo, en la mirada contemplativa y amante... Tuvo tiempo también de buscar su propio silencio, dentro. Y lo halló.

Cuando el otorrino le permitió volver al ruido, él se alegró, pero no tardó en echar de menos el silencio. Así que, dos meses después, sin obligación, se propuso mantenerlo de nuevo durante veinte días más. Luego un mes entero en verano, y luego...

Ahora, cada día le encuentra menos sentido volver a utilizar su voz, salvo para condensar todo un mundo de amor en el susurro de un “Te quiero” para comenzar, terminar, o continuar felizmente un día cualquiera.

27 de enero

Hoy es un día precioso. Aunque llueva. Aunque haga un frío del carajo. Aunque haya ido a tráfico y haya invertido media mañana en gestionar un duplicado del carnet de conducir. Aunque haya invertido la otra media mañana en averiguar por qué hacienda no me ha ingresado mi devolución de la renta aún. Aunque me haya enterado del por qué. Aunque los israelíes digan que el asalto a la flotilla fue legal. Aunque nos cueste 12000€ que nuestros políticos no entiendan las lenguas oficiales del estado que gobiernan.  Aunque el camino a la democracia del mundo árabe deje un rastro de sangre. Aunque el número de internautas del mundo sea el doble del de las personas que pasa hambre, aún. Aunque los ayuntamientos te cobren recargo desde el primer día en el que te retrasas en un pago y ellos puedan tardar más de un año en pagarte una factura y no pase nada. Nada. Aunque cierren las cajas de ahorros y con ellas sus obras sociales.

A pesar de la que está cayendo, hoy es un día precioso.

Hoy es 27 de enero y hace seis años nació mi niño. Ese ser que me da la vida cuando sonríe y me la sigue dando cuando no lo hace. Ese a quien echo de menos nada más subirme al coche camino de qué más da dónde. Siempre es lejos. Ese que hace que el abrazo entre su madre y yo aún sea cada mañana más fuerte.

Mi niño. Razón suficiente para seguir, para soñar, para decir, para bailar.

Razón suficiente para reír, para ser feliz.

Feliz jueves. Feliz vida.




PERITA: periplo

Uno nace sin pensarlo. Sin quererlo siquiera. Yo no me acuerdo, pero el útero materno debe ser como un parador con vistas, pensión completa y un cartelito de esos que cuelgan del pomo que, siempre me pareció insolente, dice No Molesten.

Pero no, la propia vida te empuja a ser molestado y nacer. El recibimiento, agradable no es. Tu madre llora, tu padre nervioso perdido (en aquella época no le dejaban entrar) y un señor licenciado que te zampa dos hostias. Mal empieza la socialización.

Menos mal que a uno le queda la vida por delante para poner remedio. Y en eso andamos.

Día a día vamos dibujando la vida que día a día disfrutamos. Y en ese equilibrio está todo. Hay gente que se pasa su existencia trazando el camino por dónde ir. Hay personas que se obsesionan con el camino recorrido. Otras tratan de ser conscientes de cada paso que dan, aquí, ahora, en estos tiempos que no corren... vuelan. En un mundo en el que te empujan y las fotos te salen movidas, las cartas borrosas o las palabras entrecortadas, siempre nos queda sonreír.

Uno está hecho de todo eso, de lo que ven sus ojos y de lo que miran, de lo que le dicen de lo que le susurra, de lo que le gritan, de lo que le insinúan, de lo que le callan, de lo que uno mismo entiende, de lo que no. Estamos hechos en nuestra mayor parte, de cosas intangibles. Eso es una suerte.

Aromas, luz, metales, decía el poema. Uno está hecho de los abrazos que da y del cómo los da y del por qué los da. Uno tiene la capacidad de ser grande y pequeño, centro y periferia, agua y fuego, cumbre y sima, dios y nada, lágrima, solo y todo, silencio que habla y palabra que no dice nada, político y fariseo o buena persona, sueño y suelo, amo y siervo, corazón coraza. Uno elige qué ser y el resto viene solo.

Hoy, el día más corto del año, cumplo años. Treinta y ocho rondando por la vida. Tratando de aprender, ecuchando, bailando. Sobre todo eso, bailando. Hoy bailo al teléfono, al facebook (qué lujo) y a las palabras y abrazos que me llegan... Bailar, bailar, a eso hemos venido al mundo, a bailar la vida. Y tengo el privilegio de tener un trabajo que me permite bailar continuamente, recoger sonrisas, sueños, emociones, lágrimas, palabras, letras... de personas de todo tipo, y de diferentes lugares. Algunas no las vuelvo a ver, con otras trazo hilos que van tejiendo el día a día. 

No merezco tanto regalo, ni siquiera hoy, el día de mi cumpleaños. 

Pero es que encima este año tengo dos especiales. 

Uno la luna. Llena, como pretendo la vida. Es la tercera vez en mi vida que me regalan la luna llena el día en el que nací.

Y el otro la vida propia, con lo que ella guarda. Y si me encuentro feliz es por todo lo que he vivido, por lo que sueño, y por lo que respiro a cada momento. Por todas las personas que han rozado mi caminar. Y también por que hoy tengo a quien amar y tengo quien me ama, y encima coincide en la misma persona. Un lujo.

Y además tengo un niño, precioso, que da a la vida ese brillo que por lejos que me vaya siempre me acompaña.

La perita de hoy es un guiño a la vida propia, y todo este texto es mi manera de dar las gracias.




periplo.

(Del lat. periplus, y este del gr. περίπλους).

1. m. Viaje o recorrido, por lo común con regreso al punto de partida.

2. m. Recorrido o trayectoria espiritual de una persona.

3. m. En la geografía antigua, circunnavegación.

4. m. Obra antigua en que se cuenta o refiere un viaje de circunnavegación. El periplo de Hannón.



Feliz semana. Feliz luna. Feliz vida.

Hoy es 25 de noviembre. En el 99, la Asamblea General de las Naciones Unidas, determinaron que en los veinticinco de noviembre, se celebraría el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género.

Hay un libro precioso y genial del que ya hemos hablado en la Biblioteca de los Elefantes. Un libro delicado, intenso..., duro. Un cuento escrito por otro contador como es Daniel Martín y editado en una editorial selecta como es Lóguez. Enlazamos entonces a un video promocional y un texto. El libro se llama EL MONSTRUO.

Hoy os enlazo otro video. Un video donde se nos cuenta el cuento. Quienes lo cuentan son contadores de cuentos, compañeros de palabras, amigos de cerca. Un video grabado por Légolas.

Y lo cuentan tan bien que se han presentado a un concurso que se llama Sal a escena contra la discriminación, promovido por el extinto Ministerio de Igualdad. Hoy, 25 de noviembre es el último día para votarles.

Así que aquí tienes el video de una buena historia bien contada. 

Si te gusta el video, ¡tienes que verlos en directo! ¡Mira su agenda!
Y si te apetece, les votas.

Feliz día. 

¿Veinticinco ya? Fun fun fun.


Pep Bruno y Mariona Cabassa han ganado el compostela... Mejor que os lo cuenten ellos. Pep en su blog:

¡¡¡HEMOS GANADO!!!

La familia C es un álbum ilustrado que soñé en agosto-septiembre de 2009 y que en noviembre-diciembre del mismo año ilustró Mariona Cabassa. En enero la familia C hizo las maletas y se fue a Santiago de Compostela para participar en el III Premio Internacional COMPOSTELA de Álbum Ilustrado, auspiciado por la ciudad de Santiago de Compostela y por la reconocida editorial Kalandraka.
A este concurso se han presentado 519 proyectos de un total de 22 países... y ¡hemos ganado!, ¡HEMOS GANADO! Todavía no me lo puedo creer. La familia C ha ganado el concurso mejor dotado de álbum ilustrado (12.000 euros) en España, y posiblemente uno de los más prestigiosos en el ámbito del álbum ilustrado. No os podéis imaginar lo felices que estamos. No me lo creía hasta que no he visto la foto del alcalde de la ciudad y el jurado con el álbum en las manos.


Podéis ver más información aquí y aquí.
Y como anticipo, la ilustración de portada.
Saludos

A veces lo cuento pero la gente no se lo acaba de creer. Yo hice mi primaria en Alcalá de Henares. Allá llegué pequeñín y me marché siendo niño aún luciendo un bigote orientalmente lacio y grisáceo que ocupaba mi labio superior. En esa ciudad preciosa de conventos y cuarteles, desarrollé mi infancia de juego en la calle y mi imaginación en mi habitación. Allí aún guardo rincones y secretos, en ese río ancho de juncos y chopos, en esas calles antiguas hoy menos ruidosas de coches y más de gente que pasea y habla. Ese Cervantes presente, esa casa de Cardenal Cisneros donde aprendí solfeo y música, esas calles asoportaladas y esos puestos de castañas.  Militares y monjas que ya me daban casi el mismo repelús. Aún quedan.


A esa ciudad le debo mucho de lo que soy, no por la ciudad en sí, pero sí por el entorno que me acompañó en esos mis años de niñez, feliz, cómo no, que aunque entonces no lo defendía tanto, ya era mediterráneo.

A esa ciudad me llevan los Légolas, a su festival de Alcalá Cuenta, suyo de Légolas, suyo de Alcalá. Y ellos, Carmen y Manuel, como todo lo que hacen, lo hacen genial y para este año han conseguido un espacio algo más que especial: el Teatro Cervantes. Un teatro con una capacidad que ronda las 400 localidades, pero que sacan a la venta algo más de 350, suficiente para llenar su parte de abajo y su parte de arriba y sus palcos.

Para esta ocasión decido contar Las Cuatro Esquinas, una sesión de tres cuentos que se desarrollan en algo más de 100 minutos, 120 para ser exactos. El primer cuento de esta sesión se desarrolla precisamente en Alcalá, en el colegio al que fui, en parte de la infancia que viví. Y eso hace de este momento un hecho único tan delicado como especial para mí. Encima, se cuenta en un teatro, un escenario que yo no domino por la falta de frecuencia y que suelo reivindicar siempre que puedo. Los teatros también son para los cuentos. Me parecen un marco ideal también para escuchar historias, para poder disfrutar de la palabra dicha, de la voz, de los gestos, de la esencia de la comunicación humana, sin atrezzo, sin decorados, más allá de una silla por si me da un vahído, una frasca preciosa de agua para las resequedades y una mesa, porque la frasca en la mano... a la larga incomoda.

Los nervios se alargan ya desde tres semanas atrás, quién sabe si por la primavera, quién sabe si por el cúmulo de eventos poco frecuentes (comienza la temporada de Zafa, en el Duende de Valencia, mi álbum sale a principios de abril, estreno la sesión en Cuenca el uno de mayo...) pero nervios tengo para regalar. 

Como es una ocasión especial y el espacio es precioso, me decido a grabarla y me llevo cinco cámaras, coordinadas por Dani Borrón, profesional de la realización audiovisual también y él las distribuye por el espacio, tres con trípode al escenario, una desde el escenario hacia el público y otra que va grabando la escucha y el disfrute. También los dos silencios que posee esta sesión. Densos e intensos como el resto.

Por correo, por el móvil, por el face, llegan ánimos de gente cercana más y menos conocida. Llegan abrazos que relajan, palabras que serenan y letras que reposan e incitan al disfrute. Estar rodeado también de gente a la que quiero, también ayuda y mucho, especialmente estar acompañado de quien siempre me acompaña.

A mí me gusta ver entrar a la gente al espacio donde se va a dar la palabra, me gusta escuchar, mirar, eso me va posicionando. En el teatro eso no lo tienes. Estás solo detrás de una tela que te separa del todo y más que tela parece pared, muro insalvable, pero no. Suenan los avisos, din, don, y al tercero, señores, señoras, la función va a comenzar; se apagan las luces, en el escenario queda dentro de un círculo iluminado una silla, la mesa enfundada de tela negra, una frasca de agua y un vaso, vacío como yo de nervios en el instante en el que salgo a escena. No salgo solo, salgo con todo, con todos.


Fue una sesión intensa, relajadas las tres historias brotan y corren patio de butacas abajo. Al fondo una mujer ríe y ríe y su risa aroma la sala por encima de las demás risas. Su silencio se mezcla con el resto, que se hace fuerte y parece poderse tocar en las dos ocasiones en las que se produce, en los últimos minutos de la primera y tercera historia. Así es esta sesión, Las cuatro esquinas se maneja entre la risa delirante, la línea voraz y, a veces feroz, de un humor intencionadamente repleto de puertas a la ironía, al sarcasmo, a la evocación, a la denuncia, a la reflexión, sin que esto moleste, sin partidismos ni panfletos, sin aleccionamientos. Solo faltaba. Eso no va conmigo. La palabra libre llena las historias y cada quien dibuja sus propios escenarios, sus propios vestuarios, con seguridad muy distintos a los míos, pero coincidimos en algo, estamos juntos en algo: en la emoción, riendo, imaginando, sorprendiendo, asustándonos, y haciendo manifiesto el silencio. Estamos juntos porque en ese momento somos juntos. Contar es un acto de grupo, hace sociedad. Nos emociona lo mismo a pesar de ser distintos y eso hace que nos sintamos bien, nos sintamos más, nos sintamos juntos.

Dos horas, dale que te pego y al final un aplauso que, como siempre, dudo merecer. En este caso no es distinto. Los aplausos siempre me hacen pequeño, no sé dónde meterme, aquí lo tengo claro, y justo al desaparecer el escenario se ilumina y se acaba. Abrazos, fotos, palabras y emociones. En el público personas de Salamanca, de Alicante, de Madrid, de Azuqueca, de Guadalajara, de Loeches, de Alcorcón, de... Un placer. Un placer. Un verdadero y sincero placer.

En soledad, mientras me cambio de camisa en el camerino, la calma me llena, y degusto otros placeres como este: mi amada Cuenca, Segovia, Gijón, Las Rozas, Agüimes, Guadalajara, Monóvar, Barajas de Melo, Pantoja, Elda, La Paz, Mérida, Zacatecas, Barquisimeto... por sus sesiones y por la gente que ya quiero en esos lugares que de alguna manera siento míos también, me siento de ellos; y mientras las ciudades siguen nombrándose, viene desde mis adentros mi niño, claro, y su madre, y, quizá por estar en la ciudad donde estoy, mis padres y a ellos le dedico, casi sin decidirlo, este muybienestar.

Luego cervezas y risas y más abrazos y más, pero no pudo ser con todo el público, aunque me hubiera encantado. 

Al día siguiente no pude evitar madrugar y pasearme solo por mi calle, y por mi colegio tan cambiado, y por el río de mis reflexiones infantiles, que parece que baje el mismo agua, que como nunca hube de beber, siempre dejé correr. Y más tarde una sesión familiar, más recoleta, pero igual de intensa, en otro escenario, distinto, y ya mucho más relajado. Disfrutando también, claro. Y el día siguió con más amigos y más comida, y cerveza, aunque ya no tanta.

Así que solo me queda agradecer, a todas las personas que fueron, a las que no pudieron ir, a las que estuvieron temprano sin ir, a Ángeles por poder compartir y estar ahí, y a los Légolas, claro, por ser de los mejores anfitriones que conozco, porque no se les nota nada que son de interior, por que lo suyo no son atenciones, son mimos y abrazos.

Ahora solo queda montar el video, que Dani ya está a ello, y tratar de encontrar un hueco en algún otro teatro. Sería bueno para mí. Sería bueno para mi oficio. Sería bueno.

Y seguir disfrutando, claro.

Esta vida es una fiesta, un baile.

¿Bailas?

Palpitares

Subiendo del colegio he visto las primeras flores de almendro.

Una flor de almendro provoca siempre una sensación calma y especial,  trae un ánimo a seguir, ya viene lo bueno parece decir, trae a la boca el recuerdo del dulzor de las almendras verdes (aunque nunca nos acordemos que las hay amargas y que si te empachas de almendras verdes lo pagarás sentado con música de bajo fondo).

Y con esa sonrisa que dan las cosas sencillas y geniales he entrado en casa, en silencio.

Chumbún, chumbún se oía chumbún, puchumbún dentro de mí. 

Hoy, 27 de enero, día en el que muchos celebran homenajes recuerdo de las víctimas del holocausto, (olvidando a veces pelear por los holocaustos vigentes), yo celebro que hace cinco años nació mi niño.


Hace cinco años algo en mí dejó de palpitar y comenzó a tocar. cambió el ritmo, las formas, las ganas y comenzó a tocar. Comenzó a afinarse mientras aprendía la melodía nueva del amar sin precedentes. Comenzó a tocar a los cuatro vientos con todas sus fuerzas, tocando hacia sotavento para que la música se oyera por doquier: tierra, aire, agua y fuego.

Y en esas estamos, bailando al ritmo que marca la vida compartida con un niño que cada vez es menos niño y crece por días y por viajes y por las preguntas que hace y las conclusiones a las que llega y por las palabras que utiliza que cada vez son más y por no salirse de la raya al pintar, y salirse menos al recortar, por encender el ordenador él solo y saberse la contraseña de windows, por alegrarse al regalar a sus amigos Donde viven los monstruos. Mi niño. Unos ojos que siguen descubriéndome, descubriéndonos, otra forma de mirar el mundo; ese mirar buscando, queriendo ver, queriendo saber, soñando los por qués y trazando puentes entre el deseo y lo real. Qué fácil es trazar un puente cuando eres niño, qué fácil es salvar obstáculos para seguir disfrutando.

Por suerte, su madre y yo, aunque nos pisemos de vez en cuando, aunque a veces nos apeteciera sentarnos a descansar, mantenemos el paso de baile firme y creativo en esta maratón de danza que es la vida.

Chumbún, chumbún, purumbun bumchumbún. Hoy el corazón, todo yo y la vida, somos una fiesta.

Una fiesta que quiero compartir y agradecer. Compartir aquí y donde esto llegue y agradecer a su madre, siempre ahí, y a él, claro.

Disculpad, voy a seguir bailando.

Trueque Trueque.


Desde hace ya varios años, en casa, celebramos un día de Trueque. Esta era su séptima edición. Fue el domingo 25 y nos hizo un día estupendo.


Aquí nos juntamos por la mañana un buen grupo de personas (algo menos de 200 este año) dispuestas, sobre todo, a pasar un buen día.


Y nos lo hizo, de entrada, con el tiempo. La gente comenzó a llegar sobre las 10.30 los primeros y las 12.00 el grueso. 


En el trueque se almuerza de todo lo que la gente trae, así que preparamos nuestros puestos, almorzamos y jugamos al cara cruz cola que es el momento que recoge la foto.



Después comienza el trueque. La dinámica es sencilla, me gusta algo de tu puesto, te busco, te  digo qué me interesa y te traigo a mi puesto para ver si hay algo que te gusta y llegamos a un acuerdo. Sencillo y divertido, porque uno, a veces, se pone a argumentar con la intención de ajustar el valor de un objeto. Y ¡TRUEQUE!. Cosas por cosas. Incluso se puede dar el caso de que no te guste nada de mi puesto, pero le has echado el ojo a un objeto de un puesto X. Si realmente me interesa lo que tú tienes, buscaré a la persona del puesto X y la traeré a mi puesto con la misma intención para que él se lleve mi objeto, tú el de él y yo el tan deseado tuyo. Y ¡TRUEQUE!



Los niños se lo pasan en grande y llevan un trajín cosas para arriba, cosas para abajo, en grupetes, de aquí para alla...


Después comemos, de lo que hemos puesto en común todos y, sin prisa alguna, se comienza a recoger mientras aún se cambia alguna cosa.


Y más tarde las despedidas, con personas que quizá no volvamos a ver hasta el año que viene en el siguiente trueque.


Queda un ocaso tranquila y, por qué no, feliz. Este año tuvimos invitados de honor: Álvaro y M José, una pareja de Majaelrayo que vinieron a no perderse el trueque de este año. Una pareja maja de personas más que eso. Un placer también doble.


Ellos hicieron crónica del trueque en su blog. El año que viene más.

Contar en Alicante

No es muy común en mí, mira tú, contar en la capital de la provincia que habito. No es por voluntad propia, lo aseguro, pero me promociono poco o mal por estos lares. El caso es que hace una semana, el viernes 31 de julio, tuve la oportunidad de disfrutar contando cerca de casa, por lo que entre el público había gente conocida, claro, y gente querida, más aún: gente cercana que nunca había visto mi trabajo, y gente que, aunque lo había visto, como frecuento poco las cercanías, se acercaron a verme; chicas y mujeres de mi último curso en FOREM (las de la foto que ni están todas las que son, ni todas las que fueron, que una se fue antes), que fue una alegría que estuvieran y oírlas reír, alguna exalumna de otros años, mis jefas majas de allí (de Forem), y algún compañero que se pusieron tan lejos que apenas les veía, alguna alumna de secundaria que me escuchó en su instituto, padres de amigos de mi niño, alumnas del curso de La Cúpula (Inma gracias por la referencia en tu blog), o del de Monóvar, amigos de amigos que trajeron a más amigos, público alicantino, o eldense, o monovero, o alcoyano, o ilicitano, que se encontraba con gente conocida mientras iban buscando dónde sentarse y, al final, creo que era uno de esos lugares que si fuéramos uniendo con un rotulador las personas que tienen alguna relación habría poca gente con uno o dos lazos. El resto más. 

Por ir fueron hasta mis vecinos belgas, que, con las velocidades y las ironías creo que a pesar de su cuidado castellano, se rieron más por inercia social que por la semántica oral pero ahí quedaron mis gestos, que siempre acompañan. 

Entre el público, mi padre. Hacía tiempo que no me escuchaba y siempre me gusta verle ahí sentado, camuflado entre el resto (o de padres, sino de público).

Nervios todos. Creo que nunca había contado ante tanta gente conocida y que desconocieran mis gozosos quehaceres cotidianos. Así que nervios todos (insisto), pero me fui relajando hasta acabar disfrutando. Bueno acabar; antes de la mitad ya estaba entregado a ello. Entre el público estaba Berenguer, amigo de hace tiempo y de esos que duran por compartir poco ya que el tiempo nos apremia, pero por lo menos siempre nos quedan las ganas y nos lo decimos. En la foto sale gente con el brazo levantado. Será porque les bloquea que les hagan fotos y buscan una solución, vete tú a saber, pero es sólo una parte del público, la del centro y los que se quedaron a la foto, que soy muy despistado y cuando me acordé ya se había ido gente. Si es que...

La sesión se hizo en el jardín (qué bonito ha quedado) de la cafetería del centro social Playas, entre dos playas que a cualquiera que haya venido por aquí le sonarán: La Albufereta y San Juan. Hablaba con Gerardo, compañero de docencia en Forem, aunque lo mío es ocasional y anual y lo suyo cotidiano y grave. Hablaba con él, insisto, (y con Mª Carmen y Olga, las majas) de lo que ha cambiado esa zona, principalmente por la presión urbanística que presiona hacia abajo y hacia el mar. Los descampados, la falta de controles de tráfico, los orgasmos de monja, las redadas en el Factory, mi puch cóndor (madre)... Cómo hemos cambiado y qué poco nos hemos dado cuenta.

Contar en casa está bien. Luego te da para tomarte algo, relajado, cerca de casa, y volver disfrutando de la noche y recompartiendo lo recién compartido con quien más cerca tengo. Un lujo. Ojalá haya suerte, de la buena, y poco a poco, comiencen a abrirse las oportunidades y trabajar también a menos de 200 kilómetros de la casa de uno.

Contar en Requena


Anoche estuve en Requena. Requena que siempre ha sido un municipio del que he pasado cerca, del que siempre he oído hablar pero en el que nunca había estado. Ayer fu la ocasión, y qué ocasión: la feria del libro. El viaje, desde Almansa me resultó bonito. La Biblioteca también.

La feria del libro llena el paseo de este municipio que tiene un término municipal de los más grandes de la península. Y no solo eso, el personal de la biblioteca se empeña y cuelga de los árboles poemas, poesías y comienzos de libros. 

En Requena hacía mucho que no se contaba para adultos. Por eso, para esta ocasión, han preparado algo especial también. No cuento solo. Tengo la suerte de compartir mis cuentos con los de otro de los grandes: Carles Cano. Ya desde antes de llegar, el buen rollo se respira. Nos llamamos, nos esperamos, nos alegramos de vernos. La noche cae, la feria se cierra y nos vamos de cena.

La biblioteca bonita, un compañero ideal, la cena buena salpicada con mejor conversación... La noche pinta bien. Muy bien, y claro no podría ir mejor al descubrir upúblico con ganas. Con muchas ganas. Ganas del público, ganas de los narradores, un espacio ideal... Nada falló. Las historias salieron y llegaron directamente a un público que estaba allí para eso, para disfrutarlas. Y las disfrutamos, claro.

Risas, silencios, más risas, caras de sorpresa, de incredulidad, de más sorpresa, y de más ganas. Se nos hizo corta la noche, de hecho no había manera de que el público se levantara para irse, pero la noche aún esperaba en forma de carretera que me tenía guardadas varias sorpresas como zorros, una luna que me acompañó todo el trayecto, unas nubes juguetonas que lo mismo iban a ras del cielo que abrazaban las montañas y tapaban la carretera... Hasta la central tenía su punto romántico. En fin, una noche sonriente.

Gracias Requena. Gracias Carles.



La Feria del libro de Madrid es una locura. Hay personas por todos los lados, personas que van, que vienen, personas que se detienen, personas que miran, que ríen, que se deslizan sobre patines, personas pegadas a un móvil, a una cerveza, personas paseadas por un perro, o que han hecho ventosa en una silla bajo una de las pocas sombras que hay, personas que hojean libros, personas que ojean a las personas, personas que saben, personas que dicen que saben; personas que leen, que compran, que llevan bolsas con uno o dos libros, con más, sin libros; personas que van a los puestos donde un cartel anuncia Hoy firma... Personas. Eso es la Feria del libro de Madrid: PERSONAS por todos los lados y de todo tipo. Me atrevería a decir que hay más personas que libros. Y mira que libros hay. Hay libros por todos los lados y de todo tipo también, de toda materia, de todas las fuentes, tipografías, editoriales, precios... pero mira, para llegar a los libros uno se tiene que hacer sitio entre las personas y haciéndose sitio uno se va encontrando con algunas a quien conoce y no espera ver como Ana Cristina Herreros que andaba firmando su libro premiado, o Héctor Urién, el narrador guapo al que siempre es grato encontrar, o Luz del Olmo, bibliotecaria de Chinchilla de Montearagón, o Virgicris, una de las conquenses más bellas de las dos castillas, o Antonio Lozano con quien un abrazo y una cerveza siempre se quedan cortos o Juan Albendea, de Priego. Otras personas a quien uno espera ver, como Samuel Alonso, o Belén Kalandraka que en la foto aparece en medio junto a Beatriz Osés , o María de A Mano Cultura , responsable de que aparezca por la feria a trabajar. Porque a eso he venido, a contar en el pabellón infantil
Si pasear por la feria es una locura, imagínate contar. Contar en un pabellón con más de ciento setenta sillas llenas de personas que vienen; algunas a refugiarse del sol que mantiene los treinta y dos grados en el ambiente sin esforzarse, otras a sentarse y descansar de los chiquillos que no hay manera de que se queden sentados, otras a hojear por encima los libros que acaban de comprar mientras ojean los que decoran y pueblan el pabellón infantil, montado y capitaneado por la gente de A Mano, que, como cada año, crean una isla de literatura infantil en medio de la vorágine editorial y humana, tratando de que la gente mantenga un orden al entrar, al salir, al estar, pero ya sabemos como somos los humanos en grupos de número indeterminado pero numeroso, si además es gratis: impredecibles e incontrolables. Contar en estas condiciones, de entrada es complicado: una señora que se lleva a su niña en el tercer cuento, otro que trae al suyo hasta la primera fila en el cuarto, un señor que habla por teléfono tapándose la boca con la mano pero que su voz va por encima de la mía que está amplificada por un micrófono que además recoge el vendaval tramontano que viene del aire acondicionado... Pero a veces pasa; hay momentos en los que se consigue y vamos todos a una, a la historia. Hay instantes que las palabras del cuento envuelven, no todo, porque es imposible, pero si a todos los que se dejan llevar bien por lo que dice la historia, que los hay; por suerte hay gente que ha ido a escuchar, a escuchar las historias, a dejarse embelesar, a soñar y eso es un lujo. Por ellas merece la pena. Y entre las otras, hay un número que se deja llevar por lo que hace la mayoría. 
Contar en la Feria del libro es una locura. Aunque se hagan dos sesiones, aunque se hicieran cinco. Los cuentos van y parece que sean un turista europeo en un lago de caimanes. Queda la esperanza de que cada uno coja un trozo de cuento, se quede con él y luego, en casa, o por el camino, o en la biblioteca buscando el álbum que cuento, puedan recomponerlo y saborearlo, en la intimidad, a su ritmo, que es como se saborean bien las cosas. Aún así, la gente que puebla cada sesión, insiste en felicitarte por tu trabajo y sonriente y desconcertado aceptas las felicitaciones aunque piensas que ojalá se vuelvan a cruzar con la palabra en mejores condiciones, sin tanto ruido, sin tanta euforia, sin tanto teléfono móvil con cosas más importantes que la fantasía, que la historia que se cuenta, que el respeto al trabajo de un contador. Pero, insisto, hay personas que llevan a sus niños y niñas, o a sus propias personas aunque tengan 17, 25, 38 o 72 años. Sus ganas son razón y excusa perfecta para ir, sentarse cerca para sentirse cerca y saben que es interesante que la persona que cuenta las sienta cerca. Y están mirándote, y miran mal a quien habla por teléfono, o rebufan al que se levanta y arrastra a un niño, o chistan al que habla o molesta o no ha ido a escuchar. Son menos, pero no son pocas. Y por ellas, dejadme que insista, merece la pena.
Un placer de viaje. Rápido, ir tocar la pared y volver, pero con tiempo para comer, conversar, charlar, cervecear, abrazar, reír, contar, comprar un par de libros o tres (tres pares) y regresar con una canción y un cuento en la cabeza y una conversación porque en este viaje no fui solo. Fui con un regalo: el tercer ALBO. Al principio, los Albo fuimos tres: Pablo, el que escribe y Toni, en la foto sonriente, en la vida también. Un placer compartir novecientos kilómetros con quien tienes tanto para hablar y poner en común.

Cuando fui pequeño, mi padre me llevaba en la parte de atrás de un renault ocho blanco, sin cinturón ni nada (que no era ni moda ni ley), acompañado por mi hermana y un canario gris que se llamaba Gris (el canario, claro). 


Mi madre, junto a una radio que rara vez esparaba a que acabara una canción entera para perder la sintonía, una botella de agua fresca dentro de una nevera a sus pies donde se apelotonaban  también bocadillos de tortilla, pan, chorizo y melocotones, acompañaba a mi padre en la parte delantera.

Me he pasado una gozosa infancia recorriendo la península en la privilegiada ventanilla izquierda de un coche con xilófono en la refrigeración trasera del motor. Una ventanilla que cuando se acababan las canciones, la conversación familiar o los juegos fraternales del veo veo o las palabras encadenadas, se convertía en una puerta que conjugaba muy bien mi adentro efervescente con el afuera pasajero y bello. Por aquella época las carreteras acariciaban la tierra subiendo y bajando con ella,  y tu emoción subía en forma de suspiro y te dejaba un ¡ay! que había a quien le mareaba. Mientras los campos se extendían allá y los "pueblos pueblos" que cruzaban las "carreteras camino" de entonces, permanecían silenciosos o no, ante mi mirada de niño que mira. 

Y así soñé más ciudades y pueblos de los que conocí. Y mira que mi padre andaba empeñado en enseñarnos lugares nuevos cada fin de semana. Y nosotros con ganas, a veces, lo disfrutábamos siempre. Y así, se me escapan pocos pantanos del centro peninsular. Menos que a mi padre conejos que dejaba atontados de una colleja que yo maldecía pero que olvidaba al día siguiente en el que aquel conejo acompañaba a un arroz exquisito.

Cuenca fue una de aquellas dulces ciudades de familia. Recuerdo las cuestas, las piedras por todos lados, alguna foto perdida y la Ciudad Encantada. Así me quedé yo, deseando expropiar a quien fuera aquella zona para irme a vivir y enseñar la ciudad encantada a mi manera, a mis amigos. Es curioso el caciquismo que a veces surge en la infancia. Hay gente que no se cura y a los 40 sigue soñando con expropiar para apropiarse.

Con esa imagen me quedé: Cuenca, Ciudad de Piedra.

De joven, adolescente diría yo porque tenía más faltas que virtudes, regresé mochilero y enamoradizo a esta ciudad que me sorprendió con dos ríos que la abrazaban y que yo no recordaba, y como estaba enamoradizo me enamoré, pero del agua. Cuenca, ciudad De Agua.

Me manifesté enamorado desde el principio, convirtiéndose Cuenca en un punto estratégico de mis nostalgias. Pasear sus calles altas o las costas bajas de sus ríos en el silencio de la noche es un regalo único al alcance de cualquiera. 

Y así con mi renault dieciocho, blanco también, fui conociendo más esta ciudad y sin dejar de ser Cuenca, De Silencios, De agua, De piedra, pasó a ser De Vinos, De Buen Yantar a chirla come.
A Cuenca llega una de las carreteras más bonitas que aún nos quedan. La N-420, que nos trae desde Teruel, bordeando el agua, celebrando la naturaleza, amansando la vida.

Tuve la suerte de que mi oficio de viento me ligara más aún a esta ciudad. Tanto que desde hace ocho años con éste, cada Feria Regional del Libro y de la Lectura de Castilla La Mancha, aparezco por allí. Tantos años, con sus noches, dan para mucho, y de hecho hay gente a la que sólo veo una vez al año, en Cuenca, como con Belén, la Kalandraka, la señora de las bolsas azules y los libros bonitos con quien reservo risas y conversaciones bonitas para celebrarlas en esta ciudad. Y la alegría es grande. Sobre todo al saber que no sólo me pasa a mí y es que Cuenca, es también ciudad De Encuentros
 
Cuenca es una verdadera ciudad oreja. Se lo ha ganado a pulso. De los treinta y dos que éramos hace ocho años cuando fui a contar vestido de blanco y descalzo mis cuentos bíblicos, a los más de cuatrocientos que fuimos la noche del pasado domingo donde estrené Fuego. Más de mil ochocientas personas se han acercado a escuchar las historias de este año que era el primero que llevaba nombre de festival: Cuenca, ciudad De Palabra. Un nombre bonito para un encuentro que desde la primera noche ya sorprendió gratamente tanto por la gente que escuchaba como la voz de quien nos hizo un repaso por la cultura porcina y vinatera a la que pertenecemos. Un grande Ignacio Sanz, una delicada Virginia Imaz, una sorprendente Jaquelín de Barros, y un brillante Aldo Méndez.

Es curioso también como casi todas las noches apareció en alguno de los cuentos, la figura de la persona que cuenta y la fuerza de las palabras. A veces esporádicamente, a veces tomando las riendas de la sesión entera. En las noches de cuentos se hablaba de contar cuentos. Y así tuvimos al romancero de Ignacio, o a la abuela de Aldo, o  el señor Ziripot de Virginia que nos sedujo a lo largo de su sesión.

Este año estrené Fuego. Una sesión donde otro contador, Eufemio Sanchez Morcón, da sentido y amalgama las historias que la forman. Cinco historias y una carta de amor donde la palabra, el fuego y la mirada toman un papel único.  Cinco historias y un secreto, un secreto por el que Eufemio fue proscrito y luego necesario. Cinco historias que cuento y un secreto que comparto con una carta de amor.

Estreno sesión para adultos desde hace cinco años con éste. Estrenar en Cuenca es un reto y un goce. Los grandes retos suponen grandes esfuerzos pero también dan grandes satisfacciones. En Cuenca me pongo más nervioso que nunca. Algunos cuentos toman voz por primera vez, ante un público tan exigente como universal. El público de Cuenca es el molde de la voz de mis historias. Y si gusta en Cuenca, gusta bien.

A Fuego le queda un año de pulir, de trabajar, de reafirmar. Fuego me rueda por dentro, me acompaña en muchos de los kilómetros que hago, le busco sus canciones preferidas y va ajustándose poco a poco. En el invierno del año que viene la incorporaré a mi repertorio. Para entonces estará cosida y remendada, dispuesta a seducir y dejarse seducir.

El mismo proceso pasaron Nudo , que ya dejaré de contar este mes como espectáculo para adultos afincándose en secundaria donde funciona son soltura, Yayerías , Las Cuatro Esquinas  y Zafa, la sesión que estrené el pasado año y que con solo dos historias recorre la vida de alguien sin ningún particular a simple vista, pero con muchas cosas que contar así, de cerca. Una versión de Zafa reducida y adaptada la he estado contando estos días pasados en Elda, a alumnado de 5º y 6º de primaria y les ha gustado.

Detrás de la Feria hay mucha gente. Mucha a la que agradecerle todo, desde una mesa para poner los libros, a un micro con diadema, una botella de agua, una cerveza, una sonrisa, un...



Caber cabrían, pero seguro que me dejaría a alguien. Me hago hueco en el párrafo para de entre todos nombrar a David, motor y hacedor de mucho de lo que aquí se trajina, en especial lo vinculado con el cuento contado, con la palabra dicha.


Así que, a modo de representación de todos, valga esta foto donde están otros motores también, valiente polvorilla la de la foto con, desde la izquierda, Julia, Mila, Virgicris, David, mis restos y Begoña, y vaya con ella (con la foto, no con Begoña) toda mi admiración y gratitud a la organización y al público de Cuenca, ciudad De Palabra.

Hoy es un día especial. Bueno, ha sido.

Este genial oficio de la palabra dicha, como decía Pep Bruno y ya dijo el director de titirimundi en el último encuentro de narradoræs, me ofrece no pocos caminos para sentirme bien.
Viajar, conversar, conocer, mirar, comer, probar, oler, cantar, hacer fotos, conducir, soñar, escuchar música y palabras y silencios, mirar las estrellas en mi casa, en Cuenca, en Teruel, pasear, detener, sentirme dueño de mi tiempo (ja), hacer más pequeñas las distancias, querer, sentirme querido, sentirme escuchado, personas únicas, beber mojitos sin límite, vivir hechos que me ponen los pelos de punta, emociones...

Podría dedicar líneas y líneas para hablar de cada uno de ellos. Hoy solo voy a hablar de uno: leer. 
No leer cualquier tipo de libro; leer álbum ilustrado; mirar, detenerme, disfrutar buscando, decir sus palabras, leer sus ilustraciones. Una pasión que he desarrollado por mi oficio. Ha sido un beneficio colateral. Una pasión casi convertida en vicio, y de los caros. En las estanterías del estudio de casa, se ierguen ya más de trescientos, ordenados por editoriales y en éstas, por tamaños. Algunos títulos repetidos como El árbol rojo, en tapa blanda y tapa dura, o Mi Mamá y Historias de la periferia, en castellano y catalán; algunos de los primeros que llegaron a mí, como Cuenta ratones, o Érase una vez un bosque, otros antiguos conseguidos por ahí, como Los tres bandidos de Miñón (3 €), u ¡Oh!, de MSV (2.50 €); otros deteriorados por contarlos, comoMadre chillona, o El otro lado del árbol, del que conservo cuatro copias que voy alternando. Una vez me encontré dentro de uno de ellos, Un hombre de mar posee un protagonista casi tan guapo como yo.
Es un goce disfrutar de los álbumes. Es un vicio permanente. Es un peligro entrar en una librería especializada o con alguien especial. La última vez, hace tres semanas, en la librería de Pep Durá salí con el alma grande y 250 € menos, pero me traje títulos como la delicia de Mi casa azul, o el enorme Carta a un hijo.

Leer a compañer*s, leeros es un disfrute también; encontrarse con la vida en toda su dimensión en Jaime plantó una bellota, o la ternura de El capitán calabrote, o la genial idea que encierra ¿Y yo qué puedo hacer?, o el ritmo de Cuento para contar mientras se come un huevo frito, o el para mí tan especial Mar de sábanas, y ese El monstruo que deja sin palabras por fuera pero voces por dentro...

Abrir un álbum es detener el tiempo y disponerse a sentir. Leer con todo y en todo es un viaje, chiquito y ordenado por la paginación y acotado por el tamaño, pero uno por dentro lo hace tan grande como quiera.

En este último semestre me llaman a menudo para charlar con profesionales de la enseñanza, o talleres para padres y madres. Llego con mis maletas, llenas de álbumes (20, 30, 60, depende del rato que tengamos y los ratos que vayamos a compartir) y los voy sacando por el orden inverso al que los fui metiendo, atendiendo solo al mejor acomode que encontré por sus diferentes tamaños, y aún así, sin prepararlo, siempre encuentro un hilo conductor que va tejiendo mis palabras. Los abro, los enseño, a veces leo un trozo, a veces cuento otro, alguno lo termino, pero son los muy menos. Siempre acaba la mesa desbordada de libros y rodeada de gente que los coge, los mira, se llaman para mirar de dos en dos, o en tres, o en los que de. Los padres y madres, muchos, se enganchan, y descubren el fondo de álbum de su biblioteca y comienzan a hacer desideratas; entre los de educación son menos los que mandan correos preguntando, pero también los hay que quedan con ganas de acercarse al libro y reorganizar su biblioteca y sus recursos.

Qué grande es esto. Y me apetecía compartirlo. Me apetece compartir que trabajo de espaldas a mis álbumes, pero que continuamente ando buscando y ojeando y releyendo y transformando. Es como tener un pueblo de más de trescientas familias, con sus historias, con sus maneras de afrontar las cosas, de solucionarlas, de mirar la vida... Ahí, cerca, a tus espaldas, dispuestos a que en cualquier momento, llames a la portada de su casa y te abran y te respondan, o no.


Me encanta poder compartir esta pasión y lo hago con aquella persona a quien se la conozco, y se nos nota, enseguida comenzamos a desgranar titulos, y autoræs, como Anthony Browne, y ¿has leído Cierra los ojos? Lo tienes que leer. A mí El paseo de un distraído ni fú ni fá, ¿no? pues yo, fue fijarme en... Y horas y montañas de libros y papelitos con títulos y correos con más títulos y enlaces y...

Si a alguien le debo esta pasión es a Juan. Juan Vera, bibliotecario de Elda, buena persona y amante de la lectura y de los libros y de la vida en general (quizá todo junto conforme un por qué). Él me metió en este mundo ilustrado con tanto gusto que aquí andamos, buceando mar abajo, en una constante apnea que nos tiene felizmente azules.

A él le dedico esta dicha, dicha con palabra escrita que no domino.

Y me quedo con su libro preferido: Donde viven los monstruos, del que pasado el verano podremos ver una película en el cine, hecha con personas de verdad. Pero, ¡quiá!, qué va a saber el director de la peli de cuándo quiero pasar la página. Voy a releerlo por enésima vez y a disfrutarlo como si fuera nuevo, de hecho lo es.

Feliz abril.
Mejor vida.

P.D.: Si quieres leer con nosotros, puedes pasarte por mi biblioteca compartida con Soledad Felloza y contigo, si quieres.

. . .