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Ya acabó la feria

El domingo pasado acabó la XII Feria del Libro de Santa Cruz. El deber, que es un periódico de aquí,dice que la visitaron más de 90.000 personas, contando incluso los niños y niñas (que también son personas, claro). Lo que no dice es cuántas de esas 90.000 personas son lectoras y han encontrado en la feria la satisfacción a su pasión, pero esto también es harina de otro costal. 

El caso es que la feria ha estado la mar de animada. A mí me ha dado tiempo a pasearme, a comprar algunos libros, pero sobre todo a hablar, mirar y escuchar. 

También he contado en el stand de la empresa que patrocinó mi visita: VIVA, una empresa de telefonía móvil que opera en latinoamérica. El stand era bonito. Se llamaba Había una vez y la verdad es que siempre estaba lleno de gente con ganas de escuchar, pero a veces no se podía. Resulta que simultáneamente a mis sesiones, se desarrollaban una decena de actividades más, dentro del mismo pabellón al que llamaban infantojuvenil (que a mí siempre me sonó a desgracia o a barbarie, pero es un chirrido cultural porque aquí suena bien), cada quien con su megafonía y sus quehaceres: bien cuentos, bien papiroflexia, bien educación medioambiental, bien magia, bien... lo que uno buenamente podía ir haciendo pues era francamente complicado trabajar. Pero claro, la gente tenía ganas y prestaba mucha atención (lo verde es por un foco, no es un efecto colateral de la concentración), así que con ganas uno acababa consiguiendo que el público se metiera en la historia, pero con un sobreesfuerzo importante por ambas partes. 

¿El resultado? Pues a mí también me cuesta creerlo, pero satisfactorio, y eso que me volví a cascar la voz. Aunque, como la tozudez no pesa, insistiré en que es una verdadera lástima que tanto esfuerzo, no solo por mi parte, sino por el resto de artistas que estaban trabajando, se vea deslucido por el continuo bullicio que llenaba el pabellón. Había ratos que incluso había música, y los del escenario central (los del periódico local) se empeñaban en demostrar la potencia máxima de sus aparatos de amplificación. Y eran buenos sus aparatos, sí.

¿Algo curioso? Sí: La cantidad de fotos que me he hecho con niños, niñas de muy diversas edades; grupos numerosos y no, de adolescentes que venían a hacerme entrevistas; madres y padres encantados de las historias que les había contado. 
Imagino que también tiene que ver el aspecto pintoresco de un gordito con barba español (mira que me cuesta aclarar que soy mediterráneo) que cuenta historias graciosas, o no tanto.

¿La suerte? Las personas que he conocido y aquellas con las que me he reencontrado. Todo un lujo. Todo un plantel de artistas que anda trabajando con muchísimas más ganas que apoyos, con muchísimo más entusiasmo que presupuesto. Así que cualquier conversación con cualquiera de ellas era toda una lección y una inyección. 
Las fotos son con Rober y Mónica, que trabajan para la Fundación Simón I Patiño y que me invitaron el domingo a compartir un piqué macho, plato típico de aquí y a beber frené (sin comentarios), Y con El grupo Libélula, peleón  y bandera del teatro infantil (Vanesa es la única que sale entera, el resto pereció por la habilidad de la persona que nos hizo la foto) con quienes también compartí una noche espléndida de comedia en el Chaplín. 

Reencontrarme con personas como Kathy o Alejandra y Javo, o Ariel, que fue fugaz pero gratificante, fue todo un regalo para los adentros. Saber que le va bien a quien quieres es una alegría, y saber que los quereres son mutuos y a pesar de los kilómetros y los días, siguen, otra más.

¿La sorpresa? Pues hubo varias, pero quizá la que más fue la coincidencia con Isa, de Petrel, que anda por aquí cooperando en un proyecto brutal que lleva Nicolás Castellanos. Muerto me quedo de lo pequeño que es el mundo y de cómo son estos caminos que vamos trazando. Una alegría poder compartir comida y risas.

¿La experiencia? Genial. Creo que es la primera vez que tengo el patrocinio de una empresa privada, por lo menos en este formato, y he de agradecer a Viva, la disolución de mis temores, por ejemplo  ese tan grande en el que el trabajo de uno queda por debajo de la marca. Han sido muy respetuosos no solo con mi trabajo, sino con el modo, y en todo momento estuvieron atentos a mis necesidades y sugerencias. Un privilegio. Con rápida capacidad de reacción y total libertad de acción. Como funcione la cobertura igual que el departamento de eventos, debe ser un lujo de compañía. Así que desde aquí, mi gratitud a Carol para que la extienda a todo el departamento y personas con las que he estado en contacto.

¿El cierre? Pues no pudo ser mejor. Una sesión para público adulto, en una sala donde se podía contar tranquilamente, incluso sin micro (a pesar de tener la voz de Pepe Isbert) Y conté, claro. A las más de sesenta personas que vinieron, la mayoría sabiendo a qué, y se dejaron llevar durante 75 minutos de la mano de las historias de mi abuelo y la fiesta de San Antonio, o el amor de mi tía Paca y sus abrazos cubanos, o mi versión de El árbol generoso (de Shel Silverstein), o varias historias más. Acabamos todos de pie, agradeciendo mutuamente el placer de la palabra dicha.

¿El viaje de retorno? Suspendido. Las cenizas de un precioso volcán han impedido que mi vuelo despegara. De aquí a un rato largo lo vuelvo a intentar, pero esta vez vía Lima, donde pasaré la noche de hoy y, si todo va bien (¿por qué no?), llegaré justo a tiempo para contar el jueves en la Tetería las mil y una noches de Petrel. mientras, pude disfrutar de mi pequeño placer boliviano: un jugo (como llaman aquí) de maracuyá y naranja, y una salteña "calientita"

Y, ¿en la retina?. En la retina me llevo la ironía de una feria que acaba el día en el que en este continente se denuncia el trabajo infantil, en una ciudad en la que he visto más niños en la calle que nunca: aparcando coches, vendiendo cualquier cosa, o echados sobre unos cartones tratando de soñar. Y eso es solo lo que se ve; ocultos en casas, talleres o minas, quedan los trabajos más duros, peligrosos y feroces. 

Ya lo he dicho, pero no me cansaré de repetirlo. El disfrute de la infancia no debería ser un derecho, sino una obligación.

Ojalá que esta sociedad descorazonada, no les pueda arrebatar los sueños tan fácilmente como les arrebata la época del juego, la risa y la canción, aunque duerman sobre camas tan delgadas como un cartón.

El cuentacuentos Albo regresa a la XII Feria del Libro miércoles 1 de junio de 2011

Cuentacuentos para la FIL, libros digitales en colegios, martes 7 de junio

Cuentacuentos en la Feria del libro, martes 7 de junio de 2011 

 

 

 

Este es mi tercer viaje a Santa Cruz de la Sierra, una enorme ciudad, que además no para de crecer, en la parte oriente de Bolivia. Hace calor, pero eso es normal, porque estamos en invierno ;o).

Esta vez me ha traído una empresa privada: VIVA, que se dedica a la telefonía y posee una fundación que se llama Estás Vivo y se dedica a la acción social y cultural. Así que tuvieron a bien traerme a participar en la Feria del libro.

Llegué el domingo después de un viaje laaaaaaargo y algo tedioso (tedi/oso), pero bonito. No sé qué tiene venir hasta esta orilla, pero a uno le recorre un algo especial por el cuerpo. 

Desde el lunes he realizado dos actividades básicamente: visitar los platós de televisión de la ciudad por las mañanas y desarrollar un taller por las tardes con un grupo de veinticinco personas que se iban multiplicando cada día hasta llegar a los cuarenta y uno de la última tarde la de ayer.

Las televisiones no son nada diferentes de las de mi orilla. Los programas matinales aquí y allá mezclan con una habilidad sorprendente un evento cultural con un proyecto de ley, una lavadora que te deja más tiempo libre, un concurso de una pelota que cae por un bastidor, una belleza que promociona su región, un refresco que te da razones para seguir o la posibilidad de saludar a todos los familiares y amigos queridos que te de tiempo a nombrar en tres segundos. 

Igual aquí que allí, hay conductores de programas que saben a quién van a entrevistar, hay quien no, hay a quien le parece interesar, hay a quien no, hay quien lo disimula, hay quien no, pero la tónica general es la amabilidad, por supuesto. Pero cuando uno se sienta en esos platós que parecen una sala de estar de una casa, o una barra de una terraza de moda, o la mesa de decisiones importantes de una empresa, uno no sabe ni qué le van a preguntar ni cuánto tiempo tiene para responder ni si mirar a la chica (en la mayoría de los casos) o al técnico que parece querer comunicarte algo (pero no) o a cualquiera de las dos, tres o cuatro cámaras que no paran de moverse. Chico, un estrés de aquí te espero para los siete, diez o doce minutos (de gloria diría el píguíncipe bogbón). El caso es que a lo largo de la semana, he hablado de la profesión, de por qué creo necesario contar, escuchar, leer, disfrutar, e incluso he contado algún cuento (breve y rápido). Parece que no pero uno le va cogiendo el tranquilo y ya parece que sé dónde miro, pero es pura casualidad.

Menos mal que a lo largo de la semana me ha venido acompañando Graciela, una mujer bellísima (fue reina del carnaval el año pasado) y ella se maneja en los medios con una naturalidad, calma y habilidad impresionantes. Tambiñen están ahí Carolina, Luis y Natalia, todos trabajadores de Viva y bellos (aquí la gente es guapa por lo general, aunque Luis perdió al afeitarse) y la gente del Stand que calman mis aturdimientos y este jet lag que aún me dura y que creo que no voy a poner de mi parte ya para que se me pase.

Por las tardes el taller ha sido un regalo. Venir a trabajar con un grupo de gente que tiene ganas de aprender es algo que facilita mucho, muchísimo la labor, sobretodo teniendo en cuenta que teníamos a penas seis horas para comentar las herramientas básicas a la hora de contar cuentos, los cómos, los por qués, los cuándos y los dóndes. Nos dio tiempo a contar, a preparar el nacimiento de una historia desde la mano, a ver algún video de otras formas de narrar, a buscar detrás de las ilustraciones, a pasar un buen rato y (en lo particular) a dejar clar oque soy mediterráneo a pesar de que en los medios me llamen "el español".



Lo he pasado bien y ha sido gracias a todas y cada una de las personas que han venido puntualmente (que aquí para eso son muy mediterráneos) y con ganas, muchas ganas (insisto pero ha sido así). Y también a las tres azafatas que estuvieron pendientes en todo momento de que no me faltara de nada.

Hoy cambio de actividad, vamos, de aquí a una hora (que mientras en mi orilla serán las 22.00 h. aquí serán las 16.00 h.) comenzaré a contar cuentos en un espacio donde confluyen todas las actividades de animación de la feria y a la vez. Aquí, como allí, a veces las cifras de participación pueden más que la calidad de lo prestado. haremos lo que se pueda, de hecho desde Viva y la Cámara Bolivariana del Libro estuvieron ayer tratando de coordinar para que todo salga bien. Ya os cuento.

Ahora llueve y los pájaros se han puesto a cantar y es una alegría doble: por la lluvia y por el canto exótico de unos pájaros que no alcanzo a distinguir entre la frondosidad que rodea el hotel.

SUCRE, color sepia

Sucre es la capital de Bolivia. Aquí celebran el III Encuentro intercultural de Arte y Patrimonio. Esta ciudad fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1991 por la UNESCO y, lo merece. Es, como ya decía hace un año, una ciudad calma.

Este año no me alojan en el Parador, sino en el hotel Plaza. Sin queja, claro. En la foto, mi habitación, la puerta cerrada.

El vuelo tranquilo, en un avión que me resulta más cómodo que el que me trajo desde Madrid, surca por el aire este país tan montañoso como llano, con grandes venas y poca sangre.

Este es el tercer año que se celebra el encuentro y en él derrochan fuerzas y ganas las tres entidades organizadoras: Alianza Francesa, Instituto Cultural Boliviano - Alemán y la Fundación Cultural de "Mutual La Plata". Cristophe, Delphin, Gerd y Eduardo, con habilidad y amabilidad, cuidan el desarrollo de este encuentro tanto como a quienes participamos en él. Volcarse en la diversidad cultural de esta tierra, estando las cosas como están es todo un reto, bajo mi punto de vista lógico y a la vez loable.

Asisto a una conferencia donde se habla de las ventajas de ser multicultural y las diferencias con ser intercultural. Las palabras de Gabriel Chávez me llevan a reflexionar durante toda la cena en la situación actual en España. ¿Se habrán puesto a pensar nuestros políticos en esos matices?

Después de la cena un deleite para mis oídos y alma poder disfrutar de una ópera en Guaraní : San Francisco Javier. Una obra que en la Catedral Metropolitana, trepa por las columnas hasta el alto techo para caer suavemente sobre el numeroso público que la disfrutábamos. Ya sabéis las personas asiduas al blog que me encanta que los espacios religiosos y militares se "okupen" con actividades culturales, incluso, como en este caso, siendo de corte religioso. La ópera, que hizo la noche más dulce, me recordó a Diana Varela. Un beso desde aquí abajo.

El encuentro finalizó ayer. Yo conté por la mañana, en la Alianza Francesa. Allí Delphine Navarret, su actual directora, se volcó en que no me faltara de nada y se asombró, junto a mí y todos los que allí estábamos del número de niños y niñas que llegaban a la convocatoria. Hicimos dos sesiones con más de 150 oyentes. El año pasado funcionó; éste es el resultado. Ya estuvimos elucubrando (en su 3ª acepción) cómo organizarlo para el año que viene. Ojalá vuelva.

Entre el público caras conocidas, del año pasado, claro. Entre ellas una en quien ya hacía rato pensaba: Neus. Más tarde postearé sobre ella, Jaime y su trabajo.

En la tarde había una mesa redonda sobre multiculturalidad, pero el silencio de esta habitación es acogedor e invita al recogimiento, que después de un rato de lectura, se transformó en sueño y me desperté justo para cenar ligero y asistir a la clausura del Encuentro.

Había tenido ocasión, al medio día, de compartir la comida con el director y los componentes de Dance Studio Jazz, un estudio de Danza cochabambino guiado por la buena mano de Walter Albarracín.

El arte, la sociedad, las tensiones sociales y el poco apoyo a la cultura por parte de los gobiernos fueron algunos de los muchos temas que tocamos mientras comíamos. También la preocupación por dos de sus compañeros que no habían podido acceder a Sucre pues los accesos se hayan cortados por los campesinos.

La conversación fue realmente interesante pero en ningún momento pude imaginar el grato "a.s.o.m.b.r.o" que provocó en mí y en el resto del muy numeroso público la puesta en escena del trabajo de estos bailarines profesionales. Una cuidada selección de piezas que anima a la gente poco iniciada a seguir acudiendo a espectáculos de danza, una delicada y estética puesta en escena, unos vestuarios que ubicaban y reforzaban a cada una de las piezas y un trabajo físico, elástico y rítmico totalmente coordinado y preparado para ser disfrutado desde el patio de butacas. El público respondió como merecía. Se fue calentando poco a poco y tras cada pieza, los aplausos se fueron acompañando de silbidos y aclamaciones hasta acabar en pie para felicitar al "equipo" artístico dirigido por uno de los maestros y coreógrafos más destacados de Bolivia. La tristeza, la nostalgia, el desamor, la unión familiar y social, la soledad, la compañía, la alegría de estar juntos, la fiesta... fueron las sensaciones que iban llegando a mi butaca a través de los pasos y la plasticidad de los bailarines y bailarinas.

Un cierre, sin duda, que ayudará a diseñar el IV encuentro. Dejo un enlace a un vídeo que he encontrado en Youtube, pero que para nada muestra la intensidad que estos chicos y chicas desprenden con su trabajo.

LA PAZ, Bolivia

Sí. Estoy en esta bella tierra de nuevo.


Andaba callado en el blog, con alguna entrada en el borrador a medio hacer, pero ahí se quedarán. buscar tiempo para hablar del pasado es perder tiempo para hacerlo del presente. Esto pasa en el blog y en la vida. No he hablado de lugares y hechos especiales en este último cuatrimestre, pero cuando me amontono me amontono. No me gusta hacer las cosas a medias.
La Paz me parece este año más ruidosa que el año pasado, quizá tenga que ver con que el hotel de éste está más céntrico. Desde mi ventana veo una calle por donde pasan todos los minibuses cargados de personas a todas horas, minis donde una voz va anunciando la ruta que lleva. Los minis paran en cualquier lugar donde alguien les haga una seña desde dentro o desde fuera del vehículo. Y les da igual que sean las 11 de la mañana o las tres de la madrugada, el concierto asonante de voces rítmicamente descompasadas ambienta esta calle como el mar da sentido a las noches en la orilla.

Un minuto mirando por la ventana te da una idea , metafóricamente, de cómo se encuentra (creo) el país en este momento: todo el mundo pretende avanzar, tiene derecho a ello y lo reclama, peor a ritmos distintos, con recursos no puestos en común, con recelos e inseguridades y mucha, mucha improvisación. Lo que esquiva un mini en el segundo 26 es un policía que está ahí desde el principio. Sí, lo que en mi tierra se llama un guardia urbano.


El vuelo fue casi tan tortuoso como el del año pasado: cola en Barajas, una noche en un macrohotel de Madrid, un avión incómodo y rotura de maleta. Por suerte, antes de facturar y llegando de inaugurar el Festival de Cuéllar en Segovia de la mano del ya gran amigo Ignacio Sanz, tuve ocasión de despertar a Dani de Borrón y Virginia para que se incorporaran a una vida que iba demasiado rápida para ellos. Y a partir de ahí, lo del principio, cola, hotel, viaje... por lo menos me dió la ocasión de conocer a gente, igual que el viaje anterior (a ver si no pierdo los mailes esta vez), una pareja de canariosm Carmen y Marcos, y tres bolivian*s, los de la foto: Javier, Maydi y Alejandra, con quien el viaje se hizo menos largo.

He regresado a esta ciudad a contar en la Feria del Libro. Y así lo he hecho: público familiar y adulto han escuchado con interés las historias que este año traía.

La Feria del libro, así como el año pasado se dedicó a Chile, éste la dedican a Bolivia y así, se llenan los estands de más literatura boliviana, de más autores y autoras de esta tierra, que serían más con más impulso, con más ayuda, prometida por el vicepresidente de la república en el acto de inauguración.

Mi percepción es que este año hay menos visitantes, a pesar de los autobuses gratuitos, a pesar de los 5 bs de coste de la entrada (0,50 € que para mucha gente aquí, es dinero).

Aún así, a los cuentos viene un montón de público: personas a quienes el año pasado les encantó, personas que el año pasado escucharon hablar de ello, personas que lo han descubierto este año y vuelven a escuchar. Todo un lujo encontrarse con oídos ansiosos, caras llenas de sonrisas o menos, depende del cuento. Este año gustó, por ejemplo, El árbol generoso, de Shel Silverstein, o Fuego, mi última pulga en 99 pulgas para adultos, y El león que no sabía escribir, de Martin Baltscheit o Boca cerrada de Gigi Bigot y Pépito Matéo para el familiar.

Por supuesto que el público se acordaba de los ronquidos de mi abuela y tuvimos que despertarla de nuevo. Una abuela que cada vez duerme más y le doy menos oportunidades de que la despierten.

Un placer volverme a encontrar con Ana Patricia, Ximena y Marian de la Cámara del Libro, que no paran de acá para allá cerciorándose de que todo va bien. Y sí, va bien. Con su premura, su habilidad y su agilidad, poco se les escapa. Un placer, insisto. Y con Glenda y Tatiana encargadas de los medios y la prensa y la tele y la radio... y la Sra. Juana, la voz de la feria, y el Sr. Juan Calcina, que es como Charlie el de los Ángeles, que nunca le he visto pero se le nombra mucho. Y también con las chicas del estand. Este año, Mayte estaba preparada para contraatacarme con mi humor. Y lo consiguió. Vaya que sí.

En la embajada, a parte del personal de logística que me lleva y me trae al aeropuerto, no me reencuentro con nadie pero conozco a Raúl, a Gabriel y Gloria, a Andrea y a Bibiana. Todos ellos en prácticas, con distintas disciplinas, pero que andan tratando de habituarse a esta altura y a estos quehaceres diarios que con nueva Cónsul, nuevo embajador y nuevo encargado cultural, pronto serán más sencillos. Sin duda también al pasar agosto, mes en el que todo se vuelve más informal. Un gusto trabajar de nuevo para la AECID llevando con mis cuentos la cultura "mediterránea" hasta estos lares.

La Paz tenía una sorpresa para mí: reencontrarme conCesáreo. Un gallego especial (qué tendrá esa tierra) con quien he compartido cenas, cuestas y cuentos en estos días en los que las palabras nos llevaban despacio y sin norte pero con un rumbo fijo: la vida. Toda una alegría en este viaje poder compartir ratos con él.

Gloria me llevó y acompañó en el sábado a Alalay, una aldea cercana a La Paz donde viven niños y niñas que proceden de la calle o de familias muy desestructuradas y que han encontrado en esta ONG evangelista un lugar donde crecer y desarrollarse con mayor seguridad. Allí tratamos de hacer tres grupos para escuchar cuentos, pero el primero se quedó y se sumó al segundo y junto con éste, al tercero. Contar en lugares donde sabes que hace falta contar, es un regalo. Éste día lo fue así que gracias a Alalay, por el día y el trabajo, a la AECID por la oportunidad y a Gloria por el acompañamiento y la organización.

Una de las razones de mi estancia aquí, en esta impresionante y ruidosa (este año) ciudad, es la formación. Este año, el curso lo he disfrutado en la Universidad San Francisco de Asís con alumnos y alumnas de 4º y 6º de Ciencias de la Educación y tres geniales profesoras.

Durante cerca de catorce intensas y divertidas horas y junto a treinta y dos personas ávidas de aprender, hemos compartido un viaje a través de las herramientas utilizadas para contar cuentos, la necesidad de contar, de escuchar, de creer, de leer. Catorce horas no son muchas para compartir la pasión y la intensidad de esta profesión pero hemos hecho lo que hemos podido. Catorce horas mirando, leyendo, escuchando, gritando, susurrando, manoteando, corriendo, terremoteando, riendo, algún ratito llorando, tomando sandwich, fotos, té...

El último día tuvieron a bien regalarme im ,ontçon de besos, otros tantos abrazos, una placa, un bolso, unos cedés, una muestra de música autóctona, una historia de cómo la Pachamama afina los instrumentos tradicionales, un baile hindú y un dibujo. Todo un broche para un curso que, por cualquier lado, ha sido un placer.

Desde el aire, La Paz no calma la inquietud. Rumbo a Sucre uno deja volar sus pensamientos y nostalgias acompañado por un paisaje blanco que de pequeño identificaba con el cielo de los cristianos. Por suerte, éste, es de todos.

SANTA CRUZ, Bolivia

Es la segunda vez en mi vida que visito esta ciudad. La ciudad de los anillos.

La segunda vez que la disfruto. En la primera tuve el lujo de estar con SiLvia y SaMuel, y a partir de ellos establecí toda una red que volví a encontrar en este segundo viaje.

El pez más gordo de esa red fue, sin duda Luca, pero ni por pez, ni por gordo. Mora la casa que habitaban SiLvia y SaMuel sólo que con tres personas más: Anna, italiana como él, Joshua (norteamericano, pero intentando ser buena persona) y Rocío (aunque ella dice que se llama Rosario) que claro, con esos dos nombres no hace falta decir de dónde es.

Luca también es italiano, con todo lo que ello comporta y reconforta. Aunque con una moralidad distinta a la vaticana, por suerte, para él y para el mundo. Me presenté en la que ahora es su casa con mi maleta, con la intención de dejarla allí mientras buscaba un lugar donde pernoctar, pero no hizo falta buscar, Luca me había hecho un hueco en su casa, junto a María, una bibliotecaria obsesionada con la democratización de la lectura (pensaba yo, aunque en este viaje tuve la ocasión de descubrir tras de sus obsesiones). A partir de ahí, toda mi estancia en Santa Cruz fue así, de sorpresa en sorpresa.

El motivo de mi vuelta era impartir un curso, bueno, más que el motivo, la excusa y ya estoy buscando más. El curso lo organizó, como bien pudo, Alejandra, una de las mujeres más guapas de Bolivia y parte del extranjero. Lo celebramos en Jopoi, la escuela infantil de Kathy, otro encanto de mujer (mujer motor y rotor y polea y correa). Allí nos juntamos durante doce horas un grupo majo donde lo masculino escaseaba y lo que había andaba como en otro mundo. Y nos miramos, y nos escuchamos, y nos reímos. Hubo un día que incluso lloramos (casi todas), el último, pero cada una por sus razones, pero claro se había levantado el viento del sur, y eso trastorna a cualquiera.

Kathy tuvo a bien invitarme a descubrir la zona de Samaipata, y quedé enamorado de aquella tierra, a la que me encantaría volver, claro. Allí, además, van a montar una biblioteca, y ya ando pensando en cómo hacer llegar libros, si se os ocurre algo... La monta un grupo de mujeres, así, porque hace falta y no se hace nada, pues ellas se lían la manta a la cabeza y ale: biblioteca.

La casa, ubicada en el número 80 (año en el que aún escuchábamos vinilos), era un hervidero humano. Siempre había alguien con algo que contar, quizá por la intensidad de la vida boliviana, quizá por las ganas de aprender castellano.

Yo aprendí un montón; jamás pensé, por ejemplo, que para determinar la ubicación de un cd, hicieran falta más de dos frases (una preguntando y la otra respondiendo), pero aquí se pueden invertir hasta más de siete minutos, tratando de abordar el pluralismo semántico del castellano desde todos sus flancos. Lo de menos es el cd y su ubicación. Y así con todo.

Luca heredó de Samuel esa antisonrisa natural, pero que hace que luego al sonreír florezcan las amapolas. Por eso se le quiere, por lo menos yo, por eso, por su gentileza, generosidad y por la ironía con la que envuelve su vida, por lo menos lo que conocí, aunque le cueste elegir su ropa interior, o se dedique a reventar cafeteras. No sonríe, por fuera, porque no le da la gana, pero le sobran motivos, de hecho se mea por dentro.

Joshua es norteamericano, así que nunca sabes si lo que dice lo dice de verdad o no, pero casi seguro que no lo siente. Es broma. Un tipo muy majo para ser de allí, que canta genial y que tiene todas las habilidades típicas de los yankis. En las ocasiones especiales en las que cocina siempre prepara comidas de otros lugares del mundo: mejicana, japonesa, iraki... si igual su ejército no pretende someter al mundo, sino simplemente aprender sus recetas porque comida típica norteamericana... No, las hamburguesas también viene de Europa.

Anna es un encanto. Italiana también con toda esa carga de romanticismo que les caracteriza, a muchos. Le costaba seguir mi forma de hablar, rápida y llena de dobles sentidos que a veces ni yo mismo pillo. Pero era sincera, cuando no entendía algo lo decía, y seguía riéndose. A mí me costaba entenderla, pero no por la rapidez ni los dobles sentidos (pues sólo le faltaba a ella), sino porque no se le entendía.

Iba a hablar de Ana, que no Anna, después, para no liar a quien lea, ni liarme yo, pero me parece inevitable nombrarla aquí, sin que ello le reste solemnidad al hecho de haberla conocido. Ana, boliviana y médico y especial entre las personas especiales, siempre decía que la entendía (por su intención integradora) pero luego era incapaz de repetir lo que había dicho Anna. Era como Loyola de Palacios (el señor la tenga lejos) que sabía por qué era necesario enviar tropas a Irak, pero era incapaz de explicarlo.

Con Ana y Anna pasé los últimos dos días genial. Reí como hacía tiempo y, de alguna manera me hice grande por dentro. Si es que es pasármelo bien y echarme a perder. Con Anna tuve un paseo a primera hora de la mañana de mi último día que fue pausado, un paseo como de otoño, con un paso tranquilo y una conversación intensa. Los árboles deshojados y desojados (pero por su propia naturaleza) le daban un tono de despedida a ese paseo. No de Anna, que también, sino del viaje, de todo este mes.

Con Ana me hubiera encantado tener el paseo, pero no pudo ser. Aunque quizá mejor, porque el otoño se hubiera hecho más intenso y cuando a los árboles no les quedan hojas dejan caer sus ramas. Así nacieron los sauces llorones que si beben cerveza se convierten en toborochis, que es lugar preferido para los colibríes y para los perezosos. Con Ana disfruté de Los amantes del círculo polar, y de sus ojos de asombroalegríadesconcierto al final.

Y María (acoplada, como yo). María tenía las orejas hacia adentro estos días. Y andaba ahí, de cena en cena, con una marejadilla interior tirando a marejada, y ella en una cáscara de nuez, con hambre y pena. No es fácil dejar casi un año de vida así, como si nada. No debe serlo y a ella se le notaba. Pero bueno, le daba igual, o no, según se levantara. Un día que se levantó a mi lado amaneció llorando. Tampoco es para tanto le dije, pero no me oyó. El resto amanecía riendo y haciendo ruido (según Luca, que no paraba de toser). María el torbellino ya está por Madrid, y se le nota. Ana sigue en Bolivia, y también se nota. A Luca le encanta el café y los agujeros en el techo. Joshua sigue pensando que no todo es malo en su tierra y a Anna le petó el portátil. De Rocío no puedo decir nada (más que gracias) porque con ella intercambié a penas nueve minutos de conversación. Pero Anna dice que es maja, y si lo dice Anna yo me lo creo.

Y bueno, ya volví de Santa Cruz y allá quedó gente a la que se le quiere, en distintos grados, claro, y no de alcohol, pero hay a las que mucho. Quedaron conversaciones, noches, cervezas, canciones y me traje un montón de cosas: preguntas, recuerdos, fotos, libros y 3100 bolivianos a un país donde no cotizan los bolivianos. Pero también me traje ganas, ganas de volver, si no a Santa Cruz, por lo menos a vernos, donde sea.

Gracias por todo y besos.

SUCRE, Bolivia

Sucre, ciudad calma

Sucre es la capital de Bolivia. Sí, yo también puse esa cara. Resulta que hace cien años hubo una guerra civil y se llevaron el gobierno a La Paz, pero sólo el gobierno, el resto de poderes sigue en esta bella ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad y 800 m. más baja que La Paz.

Pasear por sus calles regadas de noche es algo que todo el mundo debería disfrutar. Huelen a pueblillos conquenses, de gente agradable, tranquila y sonriente, a pesar de haber llegado en una época un tanto revuelta, con gente encadenada en las puertas de los edificios importantes y en huelga de hambre tratando de trasladar la sede del gobierno a este tranquilo lugar.

Imagino yo que si trasladan lo de la sede, esta paz que aquí se respira se difuminará con los jaleos de toda una capital.

Esta zona estaba rodeada de bosques de cedros, pero pasaron los antiguos españoles, que imagino que eran como muchos de los turistas que visitan las playas levantinas actualmente: dejan rastro. En el caso actual botes de protector solar, condones, latas de cerveza y cocacola (bebe lo que ellos y acabarás siendo como ellos), bolas de papel aluminio y olor a after sun; en el caso de entonces ausencia de cedros. Los utilizaron para las construcciones y las minas, pero, ¡cá!, se olvidaron de plantar, ays, qué memoria.

La ciudad es preciosa, como os digo. Tenéis que venir.
Allí conocí a Cristophe, francés bolivaniense que gestiona un montón de eventos culturales, muy bien gestionados, por lo que he podido disfrutar; Domingo, director del museo, arquitecto y persona con la que me hubiera dado gusto hablar mucho más de lo que hablamos, de las casas, de adobes, de maderas, de construcción, de memoria, de... ays; Mónica, responsable de comunicación del evento y majísima... y así más gente, del centro de cultura alemán, de una fundación con guardería social de una catalana, de una escuela, de...

La sesión muy bien. Vi la noche anterior una obra de teatro que hablaba de buscar el éxito. Un mensaje duro pero muy bien escenificado por un grupo local de teatro. A la mañana siguiente mi sesión, que era al aire libre, pero al aire libre el sol también estaba libre y caía con una verticalidad casi absoluta, así que conté en un espacio mágico: los antiguos aljibes de la ciudad, donde hoy se encuentra el museo de los niños. Allí vino un montón de gente a escuchar las historias y las disfrutamos, vaya que sí.

De la mano de Cristophe descubrí las casas republicanas, las coloniales, su casa (que en breve será hotel) y bastante sobre la cultura y situación sociopolítica de la región. Gracias, claro.

Me hospedé en uno de los hoteles más bonitos que jamás he estado: El parador de Santa María. Un lugar precioso, lleno de detalles y calmo.

Calma es la palabra que define el lugar donde estaba en Sucre, pero una calle más abajo estaba la plaza, y al lado de la plaza el mercado, lleno de gente, con su bullicio, su palabrerío, su color, su olor, su variedad, su vida de mercado. Un lujo de paseo que duró casi todo el lunes, con las manos en los bolsillos y la música bandasonoreando mis pasos. La gente mira y sonríe. Siempre sonríe.

Marcho el martes, dirección Santa Cruz. El aeropuerto de Sucre es pequeñito. Allí, como en todo el país, hay niños que insisten el sacarle brillo a mis botas, que son de esas a las que no se les puede sacar brillo.

Mi avión se retrasa, sorprendentemente ;o), y saco un libro: El león que no sabía escribir. Un libro es muy poco para los tres niños limpiabotas que se acercan a mirar, menos mal que llevo más. Con los libros en la mano y los cajones de betún y gamuza a sus espaldas vuelven a ser niños. Ojalá hubiera tantos libros como para que los niños pudieran dar la espalda a su trabajo que no debería ser suyo.

El avión levanta la panza con dirección a regalarme un viaje precioso. Paso por La Paz, que es como ir de Alicante a Madrid pasando por Bilbao, pero cada uno va a Santa Cruz por donde le place, o por donde le llevan.




LA PAZ, Bolivia

De nuevo tengo la suerte de regresar a tierras bolivianas.
Este año se celebra el 40 aniversario de la muerte del Ché y en esta tierra, al parecer van a celebrarlo a lo grande. Pero yo no vengo por eso. Regreso a esta tierra a trabajar con mis historias.

El viaje, digno de contar. De Alicante a Madrid en tren con pena. En Madrid el vuelo de Aerolíneas se suspende y me llevan a dormir, junto a 150 personas más a... Guadalajara.
A la mañana siguiente de regreso a Barajas. Allí bastantes horas después de cuando nos habían dicho subimos al avión. Algún día os contaré lo sorprendente que puede llegar a ser una persona de 50 años comportándose como un chiquillo de ¿8? Ya os contaré.
El vuelo entre amigos, entre los amigos que nos había dado tiempo a hacer el día anterior. Llegamos a Buenos Aires de noche. Nos tienen dos horas esperando en un autobús. De allí a un hotel, en el centro de esta enorme ciudad. A mí me da tiempo a cenar y ducharme. vienen a por mí y cinco personas más. De retorno al aeropuerto de Buenos Aires rumbo a... ¿Sao Paulo? ¡Sí! Sao Paulo, Brasil... y yo sin tanga.

Allí más lazos, más dudas y por casi subimos al avión. Hubo que pegarse alguna carrerilla. De Sao Paulo (una ciudad impresionante desde el aire) a Santa Cruz (Bolivia) voy buena parte del viaje llorando, quizá el cansancio, quizá que ya se está terminando "Cometas en el cielo", de Housseini. De Santa Cruz a La Paz voy dormitando, a pesar de haber puesto atención a la azafata de vuelo cuando me explicaba qué tenía que hacer en caso de emergencia, pues estaba al ladito mismo de la puerta. "Lo más seguro es que me duerma -le dije- así que si pasa algo, salgan, pero no hagan mucho ruido, por favor" Sonrió, pero no tanto.

La Paz, desde el aire nocturno es brutal. Al llegar allí estaba María, una yeclana cooperante que gestiona todo el asunto cultural desde la embajada española. Ya he llegado, roto, pero estoy aquí y, por suerte, María está sonriente. Siempre se agradece.

En La Paz cuesta respirar. Cuesta hasta dormir. El hotel es de estos de 5 estrellas donde, con frecuencia, hay mucho mal educado y prepotente en el lado del mostrador donde se colocan los huéspedes. Al otro, siempre me encontré con gente maja. Ésta no es una excepción.

En esta ABRUMADORA CIUDAD he venido a realizar cuatro actividades: contar en la feria del libro, un taller de iniciación, ir a un departamento y conocer la ciudad.

De la primera os puedo contar que fue muy bien. Conté en diversas ocasiones para niños, niñas y personas adultas. A veces era difícil pues la megafonía sonaba justo encima del stand de la embajada de España (sí, contaba allí) y entre la altura, el mal dormir y el sobreesfuerzo, al tercer día mi voz quebró. Por suerte, en el desayuno tenía zumos de diversas frutas, chocolate calentito y sandía. Me he puesto hasta los ojos de sandía. No tiene por qué ser bueno para la voz, pero mira, por lo menos desayunaba genial.

El público paceño es muy agradecido. Quizá porque esté poco acostumbrado (aunque esto a veces es una razón de que no lo sea precisamente), quizá porque son la mar de dulces. No sé, pero la verdad es que me dio mucho gusto contar mis historias y al público parece que le gustó escucharlas.

En la feria tuve la ocasión de conocer a muchísima gente maja. Toda la organización de la Cámara del libro, toda la gente de administración, de prensa, el personal del stand, el de la embajada, el cónsul (un lujo comer), el embajador (nunca había charlado con un embajador, parecen tan... lejos, pero J.Francisco Montalbán mantuvo una cordialidad y cercanía muy agradable durante todo el acto inaugural y dos encuentros posteriores)... María, por supuesto, Lía (ahí queda pendiente), Lorena (con diplomacia), y, por extensión un par de cooperantes la mar de majos, más que majos, ays, que se queda corto: Marta y Cesáreo. Bueno, y no me olvido de Elody (la chica de la coleta cortada) y de su compatriota camarera que agarraba los vasos con ansiedad.

También a Gise y Romi, dos argentinas que venían a cubrir la presentación de un libro muy interesante: Ninguna mujer nace para puta. Evidentemente parte de una asociación que trabajan por la mujer boliviana, aunque el libro es una coautoría entre Argentina y Bolivia. La asociación se llama Mujeres Creando. Si estáis por La Paz, acercaros. Si María está un poco más relajada quizá tengáis la suerte de que os expliquen y conozcáis. Yo no la tuve, andaban un poco estresadas con la presentación del libro, pero el lugar me resultó muy acogedor. Pero claro, una cosa por la otra, tuve tiempo de pasear y compartir con Gise y Romi. Un placer. Conversaciones de esas que, de a poco, te hacen crecer. Suerte.

Marta y Cesáreo se animaron a venir al taller. Cuarenta personas (que en realidad, a lo largo del curso fueron sesenta y siete), doce horas y un montón de cosas por decir. Madre qué agobio. Maestras, maestros, gente del teatro, de la intervención social, de bibliotecas, de medios de comunicación, artes, psicología, estudiantes...Modificando la mayoría de ejercicios, quitando, poniendo, reestructurando intentamos que no se hiciera pesado ni lento y que diera tiempo a todo. Y salió. Más por ellos y ellas que por mi. Un grupo encantador, abierto a todo, con muchas, muchísimas ganas de aprender, de compartir, de escuchar y de contar. El último día el curso lo alargamos una hora y media para poder escucharnos y disfrutarnos. Y al final una sorpresa. Hay que ver cómo son. Gracias, lo pasé en grande.

Fui a contar a un departamento cerquita de la ciudad. Un pueblo
500 niños y niñas desde primaria a secundaria que, después de cantar el himno en formación militar y mientras se izaba la bandera (¡madre, qué miedo!) se distribuyeron en distintos espacios: ajedrez, lectura, dibujo, pintura y cuentos. Ole y ole. En grupos de casi 100 fueron desfilando para escuchar mis historias. Y vaya si las escucharon. Un espacio muy bonito el de aquel colegio. Después hubo una entrega de premios: libretas, bolis, lápices, rotuladores, pinturas de dedos... Premios que en algún colegio de mi tierra acabarían por el suelo. No es más pobre el que menos tiene sino el que menos sabe apreciar. Un día genial compartiéndolo con personal de la biblioteca municipal, de la cámara del libro, un papiroflexólogo y el premio alfaguara boliviano.

Y mis paseos pro la ciudad, en solitario, acompañado de la banda sonora de mi Ipod y de las sonrisas de la gente (no hay muchos con barba por aquí). La Paz es sorprendente, las cuestas tienen muchos más grados que las cervezas, quizá por ello las botellas sean de 660 cl. El oxígeno falta, sí, yo lo notaba sobre todo por las noches donde las ideas y las emociones se alborotaban tratando de deshacer una cama que nunca llegué a disfrutar. Vive mucha gente en la calle: pies sucios y caras sucias de niños de a penas dos años, acariciados por manos arrugadas y sucias también.

El tráfico es caótico pero fluido, hay muy pocas "trancaderas" como dicen. Por las noches, batallones de gente recogiendo basura, papel, y urgando en papeleras. Hay 24 h. de dvd's, comida, ropa, y arritrancos típicos. Los jardines son impresionantes. Todo un ejército de jardineros los miman cada mañana. Ojalá los ejércitos del mundo tomaran ejemplo y plantaran árboles y cuidaran los ya plantados. Quizá así tendrían más sentidos sus uniformes verdes.

Mareas de turistas llenan las tiendas de una cuesta interminable donde hay una calle dedicada a la brujería donde puedes encontrar disecados fetos de llamas, llamas cachorrillo, sapos, armadillos... ays. Los mercados son un estallido de colores y olores. Frutas, telas, bollos, carnes, quesos, más telas, tiendas de aparatos eléctricos e instrumentos de percusión (¿qué módulo de autónomo pagará?) La verdad es que pasear por esta ciudad es un regalo para la vista.

Por las noches Cesáreo, Marta, Lorena y María (ya quisiera haber estado en todas) me llevaban a cenar a lugares poco nativos, pero lo intentábamos. Quizá la penúltima noche lo conseguimos. Cenamos en un cubano donde el marido de Tere nos amenizó con su grupo la cena mientras los alrededores de la mesa se poblaron de parejas danzarinas. Al final, Cesáreo y Marta se animaron. El primero con cara de concentrado y una sonrisa como si le estuvieran grabando y Marta con su sonrisa amplia se hicieron un hueco entre los danzantes. No llegaron a confundirse porque el ir contando los pasos siempre se nota, pero oye, para ser un gallego y una madrileña... ya quisieran muchos.

Y cosas que me sorprendieron... Pues la educación de la gente; su amabilidad; la celebración del día de la bandera (¿?); la confirmación de que los militares son iguales en todos los lados (20 min. esperé a que me dejaran entrar en mi embajada, para ser un perseguido...); los limpiabotas, que están sindicados y van con la cara tapada (es como una doble vida, pero de incógnito); las cholitas (mujeres que llevan un atuendo especial, con dos largas trenzas negras y un bebé o un saco a la espalda), los vendedores de las plazas del mercado que son auténticos narradores mezclando el humor y aquello que quieran vender ese día: libros, ungüentos o dioses salvadores; los testigos de Jehová que parecen madrileños, están por todos los sitios; los madrileños, que parecen testigos de jehová, están por todos los sitios; la de cooperantes que hay en un país que cada vez está más tenso; las tensiones territoriales, absurdas, bajo mi punto de vista, en la mayoría de lugares donde se dan, y si no absurdas, por lo menos mucho menos importantes que otros aspectos más primordiales; la ciudad que se viene sobre ti desde cualquier lugar donde mires; la ciudad de noche, que se viene sobre ti desde cualquier lugar donde mires; las colas ante una heladería de helados al mármol; y la inmensidad. La Paz es una ciudad inmensa y bella. Es una parte más de esta Bolivia que, poco a poco, como el xirimiri, me va conquistando.

Y hasta aquí, que no me da tiempo a más.
Luego subo las fotos. Aunque alguna ya podéis ver aquí

Llegar a Santa Cruz de la Sierra y encontrarse con Samuel Alonso es, aunque no lo pueda parecer, una experiencia ciertamente agradable. Samuel es el buen autor de un buen libro:"El grito de la grulla" Yo lo descubrí en Almería y, la verdad es que, es bien interesante conocer al autor antes que a su obra. Su libro es uno de esos en el que los ojos ansiosos consideran torpe y lenta a la mano que pasa la página. Escucharle en el encuentro con escolares no es menos interesantes donde se puede ver que sus manos van dando vida a trozos de papel que se pliegan en la música de sus dedos de una manera totalmente sobria y con melodía independiente a la de su voz serena y algo tosca. Como muestra pincha aquí y podrás leer opiniones de personas que leyeron su libro y las respuestas de Samuel. Es un encanto.

A Silvia la conocí después y lo primero que ves en ella es una mirada viva que brota de unos ojos preciosos. Y luego la escuchas hablar y no es su voz jovial (que también), sino lo que cuenta, lo que dice, lo que habla. En fin, una pareja de éstas que son como un andrógino. En la que no sabes por dónde dividir porque ya no son dos sin dejar de ser cada uno. No sé si me explico, pero mira, uno vuelve medio enamorado de una pareja. ¿Os había pasado? A mí tampoco.

A partir de éste encuentro premeditado a mis espaldas, el viaje se plantea, cuanto menos, sorprendente e imprevisible, pero siempre intenso.

Santa Cruz es una enorme ciudad construida en anillos circuncéntricos que marcan el progreso y la estabilidad económica y, al mismo tiempo, marginan las calles por pavimentar y el alcantarillado de las aguas fecales. Ojalá éstas fueran las únicas diferencias. A pesar del caos circulatorio, donde la vida del peatón está más que subestimada, reina en su cotidiano una calma chicha y amable donde la gente sonríe ante un barbudo de semejantes dimensiones, por su barba y por su sombra.

El hotel, excesivamente lujoso a mi gusto, está ubicado prácticamente en el centro de la ciudad, a escasos metros de la trasera de la catedral, un edificio la mar de bonico hecho de ladrillo hecho a mano y el artesonado de su bóveda hecho de madera.

Vengo a contar en la Feria del libro, es la primera que se hace infantil y Juvenil. Vengo también a impartir un taller que queda reducido a seis horas de charlas en las que intento hablar de cosas interesantes, pero no siempre me sale. Libros, los míos, 34 títulos entre los que se hallan algunos de mis preferidos: el león que no sabía escribir, la isla, Donde viven los monstruos, Frederick...

De la feria hay que destacar la figura de Kathy, una mujer de mediana estatura que no para quieta. Quizá los nervios o la responsabilidad no la hayan dejado crecer más para su autodefensa, porque al ser más grande trataría de llevar más cosas a cabo. Con pocos recursos (no los de ella, desde luego), mucho criterio, más vista e inabarcables ganas, esta mujer está decidida a llevar la lectura a toda la gente, en especial a la chiquillería cruceña. En conversaciones entrecortadas, te vas haciendo una idea de todo lo que mueve y más lo que pretende. Y ahí anda, con tres soles, que son sus dos niñas y su niño y un montón de gente que trabaja, y digo trabaja, sin descanso para llevar a cabo toda la dinamización planteada en diversos mundos mágicos.

De la feria también habría que destacar sus Clowns (Javier y Alejandra (sin nariz)) y el pirata, y el marinero, y el brujo, y la Glenda, la contadora de historias de dentro de la ballena, y... Y un grupo de gente incansable con ganas de trabajar y sonreír y, la sonrisa de Laura (la flaca) y el del chico guapo del stand de la alianza francesa (donde tenían los tres bandidos, en francés), y las dos mozas de Petrobrás una empresa de éstas que con el nombre ya te viene el desarrollo sostenible a la mente, y...

La decoración, llevada a cabo por otro amor (Elena Revuelta, que fue un lujo encontrarla) destaca por una ballena, dentro de la cual se cuentan cuentos. Ahí cuento, ahí y debajo de un inmenso pulpo que corona la sala. Grupos de escolares van y vienen por los mundos mágicos de la feria donde, insisto, son recogidos por un grupo de animadores y animadoras que no pierden la sonrisa hacia el público en ningún momento y eso... es de un lujo de los grandes.

Contar aquí es fácil. La gente tiene ganas de escuchar historias, y eso es un placer. Lo mismo cuento para niños y niñas que para adultos, es un placer en ambos casos.

Y así me paso bastante tiempo. Viendo a la gente pasar, escuchando, contando y paseando por las casetas de la feria. Algunas deberían cerrarlas (opino), especialmente en las que predominan los libros de Disney. Presentan como novedad uno de horribles ilustraciones que nos habla de ese gran modelo universal: Barbie. "Tiene música"-me dice la dependienta mientras manipula el libro y le hace sonar una música acorde al gusto creador del "libro". Encima tiene música, suspiro.

En la feria de adultos está la caseta de la gente que consideró a bien traerme: AECI. Allí se estrena la primera biblioteca con servicio de préstamo de toda la ciudad. Sí. Yo también puse esa cara. Allí, María, una mujer efervescente obsesionada con la democratización de la cultura y la lectura, tarea ardua difícil ya que Marcial el bibliotecario, es uno de esos convencidos de que la mejor manera de conservar los libros es esconderlos de la gente, pero claro, eso es como querer que la gente aprenda a nadar haciéndoles escuchar el caer del agua. Para que la gente lea tienen que poder sumergirse en los libros, tienen que tocarlos, olerlos, encontrar alguno entreabierto, o salido de su lugar en la estantería, tienen que guardar tesoros pero con abrefácil... Pero claro, esto es sólo mi opinión.

En el edificio de la AECI, hay un montón de gente maja que saludo así, en grupo. Algo para recordar, eso sí, una cena que tuvimos en casa de Charo (una señora tan amable como la totalidad de su familia), donde pude compartir un par de historias con la gente con la que también compartí cena, vino y ponche. Una noche difícil en la que una personilla de esas que siempre te anima a vivir dejó de hacerlo en una curva. Aún así queda en la gente que la conocimos, el ánimo, la sonrisa y toda una Estela (como su nombre) de ganas. Besos a Ricardo y a Cris, desde aquí.

De Santa Cruz me llevo imágenes inolvidables, como la de las mujeres vestidas de colores y camisa blanca, con un bebé a la espalda; una especie de empanadillas rellenas de un guiso de carne, especias... y caldo; otras, las que más comía, rellenas de queso; los jugos naturales de cada esquina; el jugo de maracuyá (manjar que no podéis perder); mi incapacidad de nombrar la moneda correctamente y en vez de decir boliviano (lo he tenido que pensar para escribir) repetir con normalidad bolivariano (manifiesta influencia venezolana); el regateo con los taxistas donde un mismo trayecto podía variar entre los 8 y los 17 bs.; las llamadas de teléfono a casa para escuchar la voz de Ángeles y a mi Pau diciendo papá domingo, papá domingo (12000 kms. dan para echar mucho de menos); las casas; el toborochi, un árbol del que hablaré en breve; la cerveza paceña, pico plata envasada en botellas de 650 cl. (ni un litro, ni medio); disfrutando de la comida boliviano-japonesa con Silvia y Samuel; la pizzería Margueritta, donde ya sabían que mi pizza era de tres quesos con cebolla; los viajes en micro... Y tantas cosas que no me da la cabeza para contaros.

Sí hablar, sin duda, del tiempo dedicado por Samuel y Silvia, en especial una tarde en la que recorrimos el plan 3000 y llegué con los ojos más grandes que el alma. Un barrio por el que, simplemente paseando, se aprende... del mundo, de uno, y de la interacción de ambos.

Y hablar también de un privilegio: contar en la galería de arte el búho blanco. De Juan Bustillos Fui de manos de Darwin (Juan se disculpó y redisculpó sin necesidad por no poder asistir). Darwin, a pesar de su nombre, camina erguido y no tiene barba y es muy majo, es el ayudante de Juan. Me llevó a dar una vuelta por San Javier, que es donde está la galería-hogar inaugurada hace a penas un mes.

San Javier tiene un sabor especial, ya lo viereis en las fotos, si os apetece. La construcción es genial en un enclave físico mágico, rodeado de enormes piedras de contorno suave y corazón de granito. Un pueblo donde el tiempo pasa acariciando la tierra, y las casas, y despeinando el pelo de las personas que lo habitan. Entre ellas, niños y niñas que vinieron a escuchar las historias a la galería de arte. niños y niñas que escuchaban lo mismo con los ojos que con las orejas, y que abrieron sus manos tanto como sus ojos para poder disfrutar de los libros, de los álbumes de historias, de sus dibujos, de sus letras... Da un poco de rabia que la cocacola sólo distribuya refrescos. El día en el que la cocacola distribuya medicinas y libros... se acortarán tanto las distancias entre lo real y lo mínimamente lógico...

El viaje hasta Santa Cruz lo hice de noche y pude disfrutar de un cielo hermoso con mayúsculas, es decir HERMOSO. Sin ninguna luz en el cielo que no fuera la de las estrellas, sin reflejos, sin nubes anaranjadas, sin... sólo eso, estrellas disfrutando de una luna preciosa también. Todo lo que Francisco, mi astrónomo preferido, me ha pretendido enseñar en los meses que disfrutamos juntos de Leer las estrellas, no me sirvió de nada. Estábamos por debajo del ecuador, por lo que el cielo es distinto, como distinta es la manera de mirarlo, pero igual la sensación que provoca por dentro.

Las despedidas nunca fueron lo mío. Me dejé gente sin abrazar, gente sin saber su nombre, conversaciones por mantener, cervezas por beber... soy un desastre. Pero no pasa nada, vuelvo. Volveré en agosto al altiplano boliviano y, cómo no, bajaré a Santa Cruz, a dar un taller, un taller casi entero, con la gente de teatro y la de turismo y quien quiera apuntarse, y buscaré contar con Juan, y subir a San Julián, y visitar la universidad y beber cerveza y hablar y escuchar y vivir un poco más para volver, como he llegado, más grande.

Sólo me queda decir que gracias. Me he sentido muy bien estos días en aquella bella tierra. Gracias. Sin más. A todas las personas que conocí, pero, claro está, en especial a Samuel y Silvia, o Silvia y Samuel, que el orden en este caso no altera nada.

Besos.

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