Perita: FAVILA

No sé si habéis paseado por un bosque recién quemado. El silencio es abrumador. 


Así, con ese silencio denso y espeso, debe cantar la muerte.



favila.

(Del lat. favilla).


1. f. poét. Pavesa o ceniza del fuego.




Fuego                                                                     Félix Albo del libro 99 pulgas. Ed. Palabras del candil. 

En mi pueblo, las fiestas de San Antonio las celebraban con una hoguera, pero no una hoguera de muebles viejos y maderas roídas por la carcoma o la moda, como en el resto de los pueblos de la comarca. Los mozos de mi pueblo elegían un pino de la sierra, el más alto, frondoso o curioso; lo talaban; lo bajaban a hombros mientras cantaban las canciones típicas de los estados de embriaguez; lo colocaban en la plaza del ayuntamiento y allí estaba tres días mientras jóvenes y mayores lo contemplaban.
La noche de San Antonio, y como fin de fiesta, le prendían fuego ante la banda de música municipal y las lágrimas de las damas de honor.
A mi abuelo nunca le gustó esta celebración. Ni a él ni a muchos de los de su edad. Había una razón lógica. Siempre hubo tradición de que al celebrar una boda, los novios iban a la sierra y elegían un pino. Marcaban en su tronco la fecha y los nombres de los amantes y, a partir de ese día, lo visitaban para cuidarlo y celebrar bajo él todo lo importante: el nacimiento de un hijo, la mona de Pascua, alguna comida en Navidad y la merienda de cualquier día bonito. Por eso, todas las parejas eran capaces de encontrar su árbol en las noches más oscuras.
Los mozos del pueblo, para San Antonio, podían elegir cualquier pino siempre que sus dueños siguieran juntos por el amor o por la vida.
A mi abuelo le cortaron el pino dos años después de enviudar. Mi abuela y él lo habían cuidado mucho, regándolo y quitándole gusanos y parásitos. Se había hecho muy alto y grande.
Desde la noche en que le prendieron fuego, mi abuelo decía que cuando un árbol se quema, no sólo se quema su madera. El fuego quema el árbol y junto a él, el amor de la pareja que lo cuidó, el pacer tranquilo del ganado bajo su sombra, los sueños del pastor que descansó en él y, de alguna manera toda la vida que vio desde sus hojas.
En el año 94 se quemaron ochenta y cuatro mil setecientas hectáreas de terreno arbolado en la provincia de Valencia. La sierra de mi pueblo también ardió ante los ojos grandes de sus habitantes, durante tres interminables días. Al cuarto, en un silencio mayor al del jueves santo, casi todos los habitantes subieron para contemplar el atroz paisaje gris.
Las parejas, corrían desesperanzadas a buscar su árbol: algunas lo hallaban erguido y muerto; la mayoría no encontraban ni siquiera eso.
Dicen, que al volver, hubo gente que se desorientó tanto que tardaron horas en regresar al pueblo.
También cuentan, que, los más mayores, al poco tiempo, empezaron a olvidar el camino que llevaba a sus casas, y el nombre de las calles, y el color de los ojos de las personas a las que amaban, incluso sus propios nombres. Y quedaban con la mirada perdida, en una sierra sin árboles y sin vida.
Mi abuelo decía que un árbol quemado no tiene sombra: él es su propia sombra.



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