#lunesdeperita ÑUDOSO

ÑUDOSO
1. adj. p. us. nudoso  
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CUERDAS - félix albo.

Andaba sumergido en la lectura, sentado de espaldas a la dirección del tren y no me había dado cuenta ni de en qué estación había subido la señora que ahora me estaba llamando a la rodilla.

Se disculpó y se presentó casi al mismo tiempo. Me preguntó por el libro que leía y el motivo de mi viaje. 

Interrumpiéndome, me informó de que a ella no le gustaba leer. Ni tampoco viajar. Que se mareaba mucho, pero que llevaba tres meses moviéndose por toda la península.

Yo esto no tendría por qué contarlo, pero mira.

Según entendí, en su pueblo, a cada recién nacido le dan una cuerda que mide justo el doble de la largura de su cuerpo al nacer. 

Es de cáñamo y por tradición tiene siete hilos -me dice, y en ese momento saca del bolso la punta de una cuerdecilla marrón, del grosor como de un lápiz, un poco deshilachada y me indica hilo por hilo-: uno por padre, otro por madre, y otro por cada abuelo y abuela, que están enrollados -me muestra- alrededor del séptimo, que es de una mata cortada en la luna antes de tu nacimiento. 

¿Sabes de algo tan arropado que el centro de una cuerda? -me pregunta pausada antes de seguir hablando.

La cuerda, era el juguete de bebé, y también el de la infancia. Un objeto sobre el que uno se responsabilizaba al ir creciendo. Y en el pueblo siempre era buen momento para un nuevo nudo; aprender a hacerlo y deshacerlo. Y jugando de niños anudaban cuerdas, haciendo una mucho más larga que le daba la vuelta al pilón de la plaza o al carro de un tal Tío Mohío. 

Hay cuerdas más largas, las hay más blandas -me mira divertida-, hay quien la cuida, quien las deja perder, quien la corta y lleva dos trozos o hace virguerías con una no muy larga... 
Hay también quien no la saca nunca por miedo y también quien nunca  la guarda.

Es la norma -dice casi susurrándome- que el adulto solo puede anudar las cuerdas para unirlas con otras. 
Y si es la propia, solo puede hacer un nudo prieto cuando alguien le ha hecho daño en el alma. 
Un daño serio, un nudo prieto.

Los hay quien tiene muchos nudos, los hay quien menos. Lo difícil es tener la cuerda limpia. El nudo tú lo haces y lo aprietas, ¡vaya que lo aprietas! Pero queda ahí -me mira fijamente- en tu cuerda, y tú tocándolo en cuanto te descuidas, venga que te toca, venga que te toca... 

Solo tú puedes deshacerlo -me señala-. Solo cada quién sabe cómo deshacer lo que anudó por el daño que le hicieron.

Queda en silencio un instante.

La cuerda es larga -dice-, pero se acorta cuantos más nudos haces en ella -y separa su mirada de la mía, hacia la ventana.

Como ensimismada en voz baja sigue diciendo:

Quiero dejar la cuerda limpia. Me queda poco y quiero dejar mi cuerda limpia. 

A eso viajo -sigue-, a desanudarme la vida. A eso viajo -y se queda mirando el vidrio ahumado mientras baila entre sus dedos la punta de la cuerda y en ella, dos nudos prietos y gastados de caricias-.

Queda en silencio. Todo el vagón parece haber quedado espeso.
No sé muy bien qué hacer ni qué decir.
Cierro el libro. Miro donde ella mira. Y la veo.

Su reflejo, que en la ventana se funde sobre el paisaje de árboles que corren en sentido contrario, llora.
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Feliz semana.
Abrazos a capazos.

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