Concurso Hormiguero.

Esta tarde, sin ruido, arranca el verano familiar. Yu Pi. 
Y yo lo celebro con un cuento que ayer me anduvo rondando.

Concurso de otoño.

Las hormigas van como locas: hormiguero adentro, hormiguero afuera. Todas, sudorosas, dibujan una brillante línea negra por el césped, el borde de la piscina, el bordillo de la acera... Llevan desde finales de mes apresuradas recorriendo el irregular firme del jardín de mi casa. No hay un hormiguero, no. Hay muchos. Trece he contado yo y todos inmersos en una actividad frenética. 
De aquí para allá, y ya cargadas, de allá para aquí.

No auguran nada. No son una señal de mala suerte, lluvias o cambio de presidencia. Qué va.

Siempre se ponen como locas en verano. Siempre.
Están nerviosas por lo del concurso. El concurso; el de todos los años. 

Lo organiza la naturaleza en todo el planeta, a nivel mundial.

Es un concurso de pruebas. Cada año hay alguna nueva pero hay muchas que son clásicas que varían en orden, intensidad y dificultad. El concurso dura todo el invierno y lo mismo hay un incendio que una especie vegetal de raíz invasora, o una nevada aparentemente interminable, o un sol inexplicablemente abrasador; o, o un oso hormiguero, un niño aburrido, un camino asfaltado, un tacón de aguja, unas lluvias torrenciales o apenas cuatro gotas escasísimas.

Solo la organizadora conoce las pruebas de cada año. El hormiguero entero, en un ejercicio asombroso de equipo y disciplina, ha de estar preparado para responder a la de una, porque antes del dos ya sería demasiado tarde. Por eso están nerviosas.

El premio es realmente importante: las que sobrevivan al invierno, solo las que sobrevivan, podrán concursar el año que viene.

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