LA PAZ, Bolivia

Sí. Estoy en esta bella tierra de nuevo.


Andaba callado en el blog, con alguna entrada en el borrador a medio hacer, pero ahí se quedarán. buscar tiempo para hablar del pasado es perder tiempo para hacerlo del presente. Esto pasa en el blog y en la vida. No he hablado de lugares y hechos especiales en este último cuatrimestre, pero cuando me amontono me amontono. No me gusta hacer las cosas a medias.
La Paz me parece este año más ruidosa que el año pasado, quizá tenga que ver con que el hotel de éste está más céntrico. Desde mi ventana veo una calle por donde pasan todos los minibuses cargados de personas a todas horas, minis donde una voz va anunciando la ruta que lleva. Los minis paran en cualquier lugar donde alguien les haga una seña desde dentro o desde fuera del vehículo. Y les da igual que sean las 11 de la mañana o las tres de la madrugada, el concierto asonante de voces rítmicamente descompasadas ambienta esta calle como el mar da sentido a las noches en la orilla.

Un minuto mirando por la ventana te da una idea , metafóricamente, de cómo se encuentra (creo) el país en este momento: todo el mundo pretende avanzar, tiene derecho a ello y lo reclama, peor a ritmos distintos, con recursos no puestos en común, con recelos e inseguridades y mucha, mucha improvisación. Lo que esquiva un mini en el segundo 26 es un policía que está ahí desde el principio. Sí, lo que en mi tierra se llama un guardia urbano.


El vuelo fue casi tan tortuoso como el del año pasado: cola en Barajas, una noche en un macrohotel de Madrid, un avión incómodo y rotura de maleta. Por suerte, antes de facturar y llegando de inaugurar el Festival de Cuéllar en Segovia de la mano del ya gran amigo Ignacio Sanz, tuve ocasión de despertar a Dani de Borrón y Virginia para que se incorporaran a una vida que iba demasiado rápida para ellos. Y a partir de ahí, lo del principio, cola, hotel, viaje... por lo menos me dió la ocasión de conocer a gente, igual que el viaje anterior (a ver si no pierdo los mailes esta vez), una pareja de canariosm Carmen y Marcos, y tres bolivian*s, los de la foto: Javier, Maydi y Alejandra, con quien el viaje se hizo menos largo.

He regresado a esta ciudad a contar en la Feria del Libro. Y así lo he hecho: público familiar y adulto han escuchado con interés las historias que este año traía.

La Feria del libro, así como el año pasado se dedicó a Chile, éste la dedican a Bolivia y así, se llenan los estands de más literatura boliviana, de más autores y autoras de esta tierra, que serían más con más impulso, con más ayuda, prometida por el vicepresidente de la república en el acto de inauguración.

Mi percepción es que este año hay menos visitantes, a pesar de los autobuses gratuitos, a pesar de los 5 bs de coste de la entrada (0,50 € que para mucha gente aquí, es dinero).

Aún así, a los cuentos viene un montón de público: personas a quienes el año pasado les encantó, personas que el año pasado escucharon hablar de ello, personas que lo han descubierto este año y vuelven a escuchar. Todo un lujo encontrarse con oídos ansiosos, caras llenas de sonrisas o menos, depende del cuento. Este año gustó, por ejemplo, El árbol generoso, de Shel Silverstein, o Fuego, mi última pulga en 99 pulgas para adultos, y El león que no sabía escribir, de Martin Baltscheit o Boca cerrada de Gigi Bigot y Pépito Matéo para el familiar.

Por supuesto que el público se acordaba de los ronquidos de mi abuela y tuvimos que despertarla de nuevo. Una abuela que cada vez duerme más y le doy menos oportunidades de que la despierten.

Un placer volverme a encontrar con Ana Patricia, Ximena y Marian de la Cámara del Libro, que no paran de acá para allá cerciorándose de que todo va bien. Y sí, va bien. Con su premura, su habilidad y su agilidad, poco se les escapa. Un placer, insisto. Y con Glenda y Tatiana encargadas de los medios y la prensa y la tele y la radio... y la Sra. Juana, la voz de la feria, y el Sr. Juan Calcina, que es como Charlie el de los Ángeles, que nunca le he visto pero se le nombra mucho. Y también con las chicas del estand. Este año, Mayte estaba preparada para contraatacarme con mi humor. Y lo consiguió. Vaya que sí.

En la embajada, a parte del personal de logística que me lleva y me trae al aeropuerto, no me reencuentro con nadie pero conozco a Raúl, a Gabriel y Gloria, a Andrea y a Bibiana. Todos ellos en prácticas, con distintas disciplinas, pero que andan tratando de habituarse a esta altura y a estos quehaceres diarios que con nueva Cónsul, nuevo embajador y nuevo encargado cultural, pronto serán más sencillos. Sin duda también al pasar agosto, mes en el que todo se vuelve más informal. Un gusto trabajar de nuevo para la AECID llevando con mis cuentos la cultura "mediterránea" hasta estos lares.

La Paz tenía una sorpresa para mí: reencontrarme conCesáreo. Un gallego especial (qué tendrá esa tierra) con quien he compartido cenas, cuestas y cuentos en estos días en los que las palabras nos llevaban despacio y sin norte pero con un rumbo fijo: la vida. Toda una alegría en este viaje poder compartir ratos con él.

Gloria me llevó y acompañó en el sábado a Alalay, una aldea cercana a La Paz donde viven niños y niñas que proceden de la calle o de familias muy desestructuradas y que han encontrado en esta ONG evangelista un lugar donde crecer y desarrollarse con mayor seguridad. Allí tratamos de hacer tres grupos para escuchar cuentos, pero el primero se quedó y se sumó al segundo y junto con éste, al tercero. Contar en lugares donde sabes que hace falta contar, es un regalo. Éste día lo fue así que gracias a Alalay, por el día y el trabajo, a la AECID por la oportunidad y a Gloria por el acompañamiento y la organización.

Una de las razones de mi estancia aquí, en esta impresionante y ruidosa (este año) ciudad, es la formación. Este año, el curso lo he disfrutado en la Universidad San Francisco de Asís con alumnos y alumnas de 4º y 6º de Ciencias de la Educación y tres geniales profesoras.

Durante cerca de catorce intensas y divertidas horas y junto a treinta y dos personas ávidas de aprender, hemos compartido un viaje a través de las herramientas utilizadas para contar cuentos, la necesidad de contar, de escuchar, de creer, de leer. Catorce horas no son muchas para compartir la pasión y la intensidad de esta profesión pero hemos hecho lo que hemos podido. Catorce horas mirando, leyendo, escuchando, gritando, susurrando, manoteando, corriendo, terremoteando, riendo, algún ratito llorando, tomando sandwich, fotos, té...

El último día tuvieron a bien regalarme im ,ontçon de besos, otros tantos abrazos, una placa, un bolso, unos cedés, una muestra de música autóctona, una historia de cómo la Pachamama afina los instrumentos tradicionales, un baile hindú y un dibujo. Todo un broche para un curso que, por cualquier lado, ha sido un placer.

Desde el aire, La Paz no calma la inquietud. Rumbo a Sucre uno deja volar sus pensamientos y nostalgias acompañado por un paisaje blanco que de pequeño identificaba con el cielo de los cristianos. Por suerte, éste, es de todos.

4 comentarios:

    Jaaa, Jaaa. Esto es la lo que en Bolivia, sería "sí, claro". La verdad que me parece un lujo escuchar tus historias por estos lares :-)

    Afortunado yo.

     

    Bueno, opiniones son mirares.

    ;o)

     

    que bueno Felix...que te gustaron esas horitas con nosotr@s, por que a mi me encantaron, bueno pues que te vaya siempre bonito!!!

    me encatan tus historias...!!

     

    Gracias Antoinette La verdad es que fueron pocas pero muy bien aprovechadas. Gracias por el dibujo, lo guardo con cariño.

    Besos y abrazos a repartir. Gracias por las fotos también.

     

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