La Cúpula  es un espacio del que mis amigos Luis y Ana, me habían hablado mucho. Decían que seguro me interesaba por dos aspectos: primero la construcción en sí y segundo como espacio. Estaban en lo cierto. La construcción de una cúpula geodésica de diez metros de diámetro con una estructura de madera y forrada y cerrada con un machihembrado del mismo material me pareció impresionante. La altura, el corretear del aire dentro que aliviaba sobradamente los treinta y dos grados que marcaba el termómetro y su sonoridad fueron más que suficientes para desarrollar el curso muy confortablemente. Como espacio resaltar su situación en un lugar tranquilo y que permite pasear por fuera en cualquier momento echando un vistazo a un no muy lejano Mediterráneo. Manolo y Gema son los amables dueños de este especial espacio en el que disfruté compartir el curso de iniciación a la narración con ocho personas durante el sábado entero y el domingo casi.

Nieves, Inma, Ricardo, Carmen, Miriam, Gema, Laura y Abel vinieron con muchas ganas de aprender y pasarlo bien. Creo que a lo largo del fin de semana logramos las dos cosas. Yo el que más, claro. 

Compartir pasiones fue la tónica: la pasión por los cuentos, por el contar, por el dejarse llevar por la voz, por elegir las palabras, por seducir con la mirada, con los gestos, por el buscar la historia, crear las imágenes, los sonidos, los aromas, dotar a cada personaje y cada paisaje de un aroma para después poder contarlo hace más grande este oficio. Escuchar lo que opina cada una de esas ocho personas de cada uno de estos aspectos amplía la mirada, las perspectivas y las ganas de seguir investigando, buscando y con ello creciendo en este arte. Hacer grupo y tocar levemente los aspectos que intervienen en la narración somete al curso a un ritmo vertiginoso en el que queda poco tiempo para largas conversaciones a pesar de que la mayoría de ellas merecerían dedicarles una mañana entera por no darles un día que también lo llenaría. 

Descubrir los entresijos de la palabra, las particulares imágenes de un solo cuento, escuchar y compartir las distintas visiones de cada cuento es todo un lujo que uno no puede dejar de disfrutar. Y encima eran majas más que majos, y no es que los chicos no lo fueran, pero ellas ganaban en número. Compartimos dudas, álbumes, ejercicios, risas, gritos, miradas, tortillas, cervezas, ensaladas y ensaladillas, más risas, alguna lágrima, palabras, fotos, más álbumes, más dudas, sueños y algún trocito de vida. Y es verdad, uno se queda con ganas de más y, con suerte habrá más. Quién sabe si en octubre o noviembre, pero casi seguro que en otoño nos volvemos a ver. 

Un lujo que agradezco uno por uno, una por una, a los asistentes al curso. Todo un lujo placentero y un placer de lujo. Y encima, cerca de casa.


Villarrubia de los Ojos queda cerquita de Manzanares, allá por las Ciudad Reales. Del municipio apenas puedo contar que posee un entramado de calles dificultoso para la orientación en un ser fatigado como yo; una fachada de ayuntamiento muy aparente, una plaza amplia y no vegetada en exceso y, eso sí que lo sé a ciencia cierta, unas gentes la mar de majas.

La sesión familiar, la hicimos en la sala infantil, acristalada y con un fondo muy bien seleccionado y dotado. No sé quién era más tímido, si los niños y niñas que escuchaban o las personas adultas que les acompañaban, pero poco a poco, y con insistencia, la timidez casi la dejamos del todo, al final de la sesión. Aún así, quedaron muchas ganas de saber cómo terminaba El libro inclinado, o cuál era el secreto de El secreto o qué cosas dice que encantan en Me encanta. Y así un par más sin terminar y unos seis cuentos terminados. Jaime y las bellotas se ha hecho un hueco en la maleta y no ´se cómo se las apaña pero cuando la abro ahí está de los primeros y con muchas ganas, tantas que no pe puedo resistir a contarlo.
La sesión adulta fue ligera a pesar de los pasados noventa minutos que duró. El público era colchón y recogía todo aquello que con gusto lanzaba, y venga. Yayerías tomó fuerza en un público muy cómodo que expresaba con fuerza lo que sentía venciendo también a una (deduzco yo) oriunda timidez. A una mujer de la segunda fila le daban miedo los cementerios y todo lo que acontecía en ellos así que le dió por reírse para vencerlo, que es una manera infalible, por otro lado. Y ahí anduvimos con su miedo y mi cuarto de hora de cuento ubicado, sin posibilidad de cambio, en el centro de un nocturno cementerio. Lo pasamos bien.
El viaje de regreso lo disfruté más que el de ida. Primero por la tranquilidad de volver sin prisas. Segundo por la hermosa noche que me acompañó. Y tercero por el recorrido. Regresé por mi querida carrtera que va desde Munera a Hellín serpenteando una sierra plagada de conejos, zorros y silencio. Eso da para disfrutar mucho y darle forma despacio a un par de historias que me rondan por la cabeza ultimamente.

Úbeda es una ciudad preciosa que queda cerca de sus famosos cerros y de la mayor concentración mundial de olivares y olivares. Cada año, después de Guadalajara, algunos narradores nos acercábamos a esta localidad convocados por Malión, una asociación de gente maja, convencida y perseverante, y que coincidan estas tres condiciones juntas en un grupo pequeño de personas es todo un regalo. Como regalo es contar en Úbeda, por sus calles, sus patios, sus rincones. Un regalo para el que cuenta, un regalo para las personas que escuchan, un regalo para las calles, los patios, los rincones, la noche.
Siempre, después de contar, venía la cena, llena de ganas, de risas, de abrazos, de fotos, de más risas, alargando la noche con una vecina que se encargaba de gritarnos la hora para que no nos desorientáramos.
Úbeda es mágica, como su sierra. Y más mágica la hacían las palabras que en ella se daban todas las noches mágicas de San Juan, con un propósito, que la Tragantía no bajara de su morada, en las mazmorras del castillo de Yedra, para seducir a los niños y niñas con su voz y devorarlos.
Soy la Tía Tragantía, hija del Rey Baltasar, y quien me oiga cantar no verá la luz del día ni la noche de San Juan.

Han paseado por sus calles muchos narradores, y narradoras. se han escuchado y quedado en sus casas y habitantes muchas historias y cuentos. 
Este año, el silencio se apoderó de Úbeda. La falta de apoyo político a una iniciativa de una asociación cultural, que éste hubiera sido su décimo año celebrando una tradición ancestral y acumulando seguidores de un festival bello en una población bella. Falta de apoyo significa falta de interés. Y falta de interés por una actividad del pueblo, por parte de los políticos, les hace muy poco políticos. Ojalá la Tría Tragantía baje de su morada y, en vez de niños y niñas, devore a profesionales de la política que no escuchan más allá de sus intereses personales y sus guerras partidistas.

Zape

Como cada lunes, una palabrita. Ésta por su gracia, por su salero y porque en los tiempos que corren, no viene mal tenerla a mano.

zape.

(De ṣabb, palabra no árabe, pero usada entre los árabes y empleada hoy en Marruecos).

1. interj. coloq. U. para ahuyentar a los gatos, para manifestar extrañeza o miedo al enterarse de un daño ocurrido o para denotar el propósito de no exponerse a un riesgo que amenace.

2. interj. coloq. U. en algunos juegos de naipes para negar la carta que pide el compañero.

En Úbeda NO se cuenta

FUENTE: IDEAL 


La suspensión del certamen de cuentos 'En Úbeda se cuenta...' por falta de apoyo institucional, ha hecho surgir un movimiento ciudadano de apoyo a este evento, que todos los años por estas fechas reunía a cientos de personas en torno a las historias que ofrecían narradores llegados desde diferentes puntos de la geografía nacional.
Este grupo de ubetenses ha convocado una manifestación de protesta por la cancelación del festival. Se llevará a cabo el próximo sábado, día 27 de junio, y partirá a las ocho y media de la tarde desde la plaza de Andalucía. Posteriormente recorrerá la calle Real hasta llegar al Ayuntamiento, una de las administraciones responsables de la cancelación por no aportar la ayuda económica necesaria y deber la correspondiente a alguna edición anterior.
Bajo el lema 'En Úbeda no se cuenta', se pretende mostrar el malestar de muchos ubetenses que este año no podrán disfrutar de los cuentos que han llegado durante diez años gracias al esfuerzo de la Asociación Malión. Así, se ha hecho un llamamiento a la participación.

FELIZ VERANO, de entrada.

Ya está aquí, el tiempo de la noche comienza a alargarse. La oscuridad, una vez más, ha ganado a la luz. Y eso hay que disfrutarlo.

Hay una cosa que no se me puede olvidar y es anunciar un curso. Este fin de semana, en La Cúpula, en Elche (Alicante) impartiré un curso de iniciación a la narración oral. ¿Que cuándo?, el sábado 27 de 10.00 a 14.00 y de 17.00 a 21.00, y el domingo 28 de 10.00 a 14.00 también. ¿Que cuánto cuesta? 60 €. ¿Que cuántos seremos?, pues como mucho quince, que con más es más complicado. ¿Que hasta cuándo puedo apuntarme? Pues hasta este jueves, 25, por la tarde, al correo felix.albo@gmail.com o al teléfono 629444507, que con cualquiera de las dos vías será más rápido.

¿Y el resto? Aquí está. 

vi 26. VILLARRUBIA DE LOS OJOS, Ciudad Real
18.00 CUENTOS DE MALETA, en la B.P.M. Francisco Gómez-Porro
20.00 YAYERÍAS, en la B.P.M. Francisco Gómez-Porro

sa 27. ELCHE, Alicante
10.00-14.oo y de 17.00 a 21.00 Curso de Iniciación a la narración oral, en La Cúpula

do 28. ELCHE, Alicante
10.00-14.oo Curso de Iniciación a la narración oral, en La Cúpula


Y ya está. Que este mes se me ha pasado fiuuuu! rápido y casi no mando el correo. Ays.

Pronto estará aquí el de julio, mes del calor, del sol y del protector.

Sed felices mientras, y después también. Abrazos a capazos.

Félix Albo.

Contar en Cañete

Cañete es un pueblo precioso de la provincia de Cuenca. Cañete no está donde Chillarón de Cuenca, hecho del que me convencí en la rotonda que da acceso al segundo buscando el indicador del primero. Es más, son municipios separados por unos bellos 75 kilómetros.
A Cañete voy por tercera, o quizá cuarta vez. Conté para niños primero y para adultos después. Llegué azorado en su segunda acepción y diez minutos tarde. Es la segunda vez que me pasa en este mes y casi en esta vida y me está preocupando.
En las antiguas escuelas del municipio, había un número ingente de niños, niñas, madres, abuelas y algún padre con ganas, muchas, de escuchar historias. Noelia, su bibliotecaria, lo había organizado todo.
Allá llegó mi maleta, azorada también por las prisas y mi palpitar, y al abrirse dejó salir a El gato tragón y Jaime y las bellotas , entre otros. Una sesión rápida y larga que lleno, espero, las ganas de un público inquieto y con mucha mucha voz.
Después me fui de merendola con Noelia y 60 mujeres más y unos siete hombres, contando con el camarero. Entre los hombres se hallaba el alcalde y entre las mujeres, el Club de Lectura de Cañete y el de la Biblioteca Fermín Caballero de Cuenca capital. Entre bocado y bocado, me entero de La alvarada , una gran fiesta medieval que se celebra en este municipio que posee belleza en él mismo (de momento) y en su entorno. Y digo de momento porque, al parecer, el conjunto de edificios que dan personalidad a esta villa amurallada, poco a poco, eso que llaman progreso y modernidad, los va haciendo desaparecer. La Alvarada este año cumple diez años, algo a celebrar a lo grande.
Después de la merienda llena de libros y palabras, volvimos a las escuelas donde ya esperaban un grupo menos ingente que el de niños pero superior al del año pasado en noviembre y mucho mayor que el de febrero. Para esta ocasión me decidí por Las cuatro esquinas . Una sesión donde la risa se concentra a tramos, acotados por la dureza emocional que transfieren los textos. Las cuatro esquinas y La casa del mal aliento fueron los dos cuentos que llenaron los 75 minutos de sesión, con un cuento mínimo al final.
Las componentes del club de lectura llegaron a mitad del segundo cuento y, quizá por ello, quedaron desconcertadas. Es un cuento delicado y silencioso, y no es el mejor para pillar a medias. Entre el público, Begoña y Mila. Mila parece plácidamente omnipresente y yo contento.
Después de la sesión me encontré con Irene, rehija adoptiva de este municipio, y sus progenitories con quien mantuvimos una gratificante conversación sobre los ires y venires de la vida, sobre los futuros presentes y los presentes pasados y sobre, cómo no, la belleza del entorno al que ya conociendo poco, por mi parte, era difícil no admirar.
No hice fotos porque soy un despistado y si llego azotado por la prisa y el desasosiego, se me nubla todo.
Cuenca siempre son placeres.  

Superchería

Ando leyendo un libro titulado Cuando el hombre es su palabra, de Nicolás Buenaventura, narrador colombiano, como yo, como yo narrador, que no colombiano, aunque da igual de dónde.

En sus historias, que enganchan, encuentro palabras que desconozco, ésta entre ellas.

superchería.

(Del it. superchieria).

1. f. Engaño, dolo, fraude.

2. f. desus. Injuria o violencia hecha con abuso manifiesto o alevoso de fuerza.

Podríamos decir pues, que hoy en día abunda la superchería. Lamentablemente, claro.

Me llega por correo, de una amiga, y no puedo evitar pegarlo, antes buscando donde se piblicó. EN el mail me pone que es de El faro de Vigo, pero yo lo encuentro en El diario de Ibiza .


Allá va. Leed sin prisa. Sin prisa. Sin prisa.


Yo quiero estar imputado, como Camps, para ser feliz, para reír con la franqueza con la que ríe él, para divertirme a la entrada y a la salida de los juzgados, para que la gente me aplauda y me jalee como a un actor de moda, para que la alcaldesa de Valencia o cualquier otra se muera por acompañarme, del brazo, a los tribunales de justicia. Tengo derecho a ser feliz, a que me regalen trajes y entradas para el circo, lo mismo que a mi señora y a mis hijos. Yo quiero que mis defectos se hagan públicos y que a la gente le parezcan normales, del mismo modo que parece normal no usar para nada las tarjetas de crédito. 

–Querida, te cojo doce mil euros de la caja de la farmacia, para hacerme unas chaquetas.

–Vale, corazón, pero no pidas factura, que estoy de papeles hasta el gorro.
Yo quiero que las bolsas de plástico con las que la gente me ve ir y venir por la calle estén llenas de billetes de 500 euros y no de judías verdes o lechugas. Yo quiero pagar al contado mis viajes a Sudáfrica (8.000 euros) y devolver 300.000 en billetes de 50 sin que a nadie le parezca raro. ¿Qué pasa? ¿Son obligatorias las transferencias? Yo quiero estar a gusto conmigo mismo, con mi conciencia, como Trillo, que no tiene remordimiento alguno por lo del Yak 42. Lo malo es que yo no he estado implicado en nada raro, ni en estafas, ni en muertes, ni en cohechos, ni en maquinaciones para alterar el valor de las cosas, sólo en pequeñas miserias, en tonterías de andar por casa, en mezquindades que no llaman la atención de los jueces, que no van a ningún sitio. Y por eso, sospecho, sufro de tantos problemas de conciencia y de tantas dificultades para ser feliz. No tengo amiguitos como El Bigotes, como Correa, no frecuento los bajos fondos. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, perra vida. Por eso Rita Barberá no me llama para acompañarme al juzgado y echar unas risas por el camino, como los actores cuando atraviesan la alfombra roja. Yo quiero ser un chorizo, no por los trajes, ni por los viajes a Sudáfrica ni por los 300.000 euros que me dan un día y devuelvo al siguiente en bolsas del supermercado, sino para que la gente me quiera más.

Taray

En realidad buscaba tamarit, pero el diccionario me lleva a tamariz y de tamariz a taray. Tengo uno, pero la palabra es tan... así.
taray.
(Cf. taraje).
1. m. Arbusto de la familia de las Tamaricáceas, que crece hasta tres metros de altura, con ramas mimbreñas de corteza rojiza, hojas glaucas, menudas, abrazadoras en la base, elípticas y con punta aguda, flores pequeñas, globosas, en espigas laterales, con cáliz encarnado y pétalos blancos, y fruto seco, capsular, de tres divisiones, y semillas negras. Es común en las orillas de los ríos.
2. m. Fruto de este arbusto.
Y yo me digo ¡ah! que tiene fruto. Será que el mío es muy joven aún, por supuesto no es el de la foto que he sacado del google imagenes, el mío es más tímido para esas cosas.
Feliz semana.

Me voy a Guadalajara

En un ratito me marcho para Azuqueca de Henares donde colaboro con el maratón que se celebra allí esta tarde-noche. Después iré a Guadalajara con ganas de dar abrazos, de compartir, de reír, de escuchar, de venirme más grande. Este año el maratón está dedicado a la memoria y para Guadalajara, en narrantes , he creado este cuento. A ver si me atrevo y lo cuento. FELIZ FIN DE SEMANA. Ya contaré cuando vuelva.

CUNETA

Con un compañero de trabajo, contador de historias como yo, en una de nuestras conversaciones nocturnas sin prisa, empezamos a hablar de esas sesiones especiales, que te dejan un sabor a hierbabuena o un olor a espliego o a tierra mojada que te relaja el alma y vuelves a casa grande y pequeño a la vez.

La suya, la más especial, fue en un pueblecito de León de 23 habitantes. Bueno no fue en el propio pueblo, fue en una ermita que estaba a cinco kilómetros de las casas del pueblo. Hasta allí, dando un paseo, le acompañaron nueve mujeres y dos hombres rondando todos los setenta y poco años. Se sentaron a las puertas de la ermita rodeada de cuatro o cinco manzanos mortecinos y tan poco cuidados como el edificio. La tarde se llenó de historias, de risas y de algún silencio largo. Historias de ayer, de antes de ayer, de uno o de otro, de cualquiera con nombre o sin él. La tarde se llenó de la vida de otros que tampoco dista tanto de la de uno. Comenzaron el regreso según caía la tarde. Regresaron por otro camino mientras mi compañero iba contando la persecución interminable de Orión a Tauro, o la caza de los pieles rojas que dan a la Osa Mayor en otoño tiñendo de rojo sangre los bosques caducos del Canadá.

De repente todos se detuvieron, en silencio, mirando a la cuneta. Mi amigo se detuvo también, calló, miró a la cuneta y volvió a mirar al grupo. Ya no estaba.

En su lugar había nueve niñas y dos niños que miraban con los ojos grandes a aquella cuneta. Once niños que regresaban de excursión con su maestra, bajaban de la ermita, cantando la alegría de ser niños y vivir cerca en un monte precioso. Once niños que acaban de ver cómo daban un tiro a su maestra por ser solo eso; por ser todo eso: maestra. Once niños a los que les tiraron al suelo sus libretas. Y vosotros no habéis visto nada -les dijeron. Once niños de entonces que lloraban sobre sus libretas arrojadas en el camino; lloraron niños como ahora lo volvían a hacer viejos.

Después nos mataron al cura también- dijo uno de ellos.

Sí, -continuó otra- en esta guerra que ganaron los curas y perdieron los maestros, a nosotros nos quitaron al cura y a nuestra maestra.

En silencio regresaron al pueblo y mientras las estrellas agujereaban la noche, mi compañero entendió que no solo les habían quitado al cura, y a la maestra. Les habían robado la infancia. Les habían anudado la libertad de contarlo, de decirlo, de dolerlo. Y con ese nudo habían seguido y seguían caminando.

De eso hace ya seis años y solo alguien como él podría haber convencido a la gente de ese pueblo para celebrar algo así. Cada año, cada fin de semana cercano al once de junio vuelve al pueblo donde ya le esperan los siete que quedan de aquellos once con alguno de sus hijos, nietos, vecinos y hacen una especie de romería a la ermita donde juegan y cantan aquella época, miman aquellos manzanos que viejos han vuelto a dar fruto y a la vuelta, dejan flores de lavanda en aquella cuneta.
No es un acto político. Es un acto honorífico. Celebran recordar aquello que nunca debió ocurrir para no olvidarlo. Celebran poder celebrarlo.

Me hizo saber que le encantaría que contara esta historia. Quizá invitemos a deshacer muchos nudos que aún quedan por ahí-me dijo. Y yo la cuento por eso, por desanudar. Y porque creo que estamos hechos de memoria. Y aquello que se olvida se pierde, se borra, se enmudece; pero aquello que se obliga a olvidar, paradójicamente se recuerda.

Buscar el olvido es hallar el recuerdo.


Anoche estuve en Requena. Requena que siempre ha sido un municipio del que he pasado cerca, del que siempre he oído hablar pero en el que nunca había estado. Ayer fu la ocasión, y qué ocasión: la feria del libro. El viaje, desde Almansa me resultó bonito. La Biblioteca también.

La feria del libro llena el paseo de este municipio que tiene un término municipal de los más grandes de la península. Y no solo eso, el personal de la biblioteca se empeña y cuelga de los árboles poemas, poesías y comienzos de libros. 

En Requena hacía mucho que no se contaba para adultos. Por eso, para esta ocasión, han preparado algo especial también. No cuento solo. Tengo la suerte de compartir mis cuentos con los de otro de los grandes: Carles Cano. Ya desde antes de llegar, el buen rollo se respira. Nos llamamos, nos esperamos, nos alegramos de vernos. La noche cae, la feria se cierra y nos vamos de cena.

La biblioteca bonita, un compañero ideal, la cena buena salpicada con mejor conversación... La noche pinta bien. Muy bien, y claro no podría ir mejor al descubrir upúblico con ganas. Con muchas ganas. Ganas del público, ganas de los narradores, un espacio ideal... Nada falló. Las historias salieron y llegaron directamente a un público que estaba allí para eso, para disfrutarlas. Y las disfrutamos, claro.

Risas, silencios, más risas, caras de sorpresa, de incredulidad, de más sorpresa, y de más ganas. Se nos hizo corta la noche, de hecho no había manera de que el público se levantara para irse, pero la noche aún esperaba en forma de carretera que me tenía guardadas varias sorpresas como zorros, una luna que me acompañó todo el trayecto, unas nubes juguetonas que lo mismo iban a ras del cielo que abrazaban las montañas y tapaban la carretera... Hasta la central tenía su punto romántico. En fin, una noche sonriente.

Gracias Requena. Gracias Carles.



A veces la vida

Yo creo que fue al poco de sacarme el carnet de conducir cuando se planteó un boicot a la Shell por pretender hundir una plataforma petrolífera en el océano. Se podía desmantelar pero era más fácil dinamitarla y que se perdiera en el gran azul. Ha sido uno de los boicots que más firmemente he seguido. Aún a día de hoy evito al máximo respostar o consumir, ni tan siquiera para a orinar, en las gasolineras de la Shell. Hoy, en otro blog que sigo con especial atención, me encuentro con esta noticia que copio y pego sin dejar de recomendar un paseo por el blog de su autor de vez en cuando.
10 Junio 2009

Delta del Níger: Shell paga por violaciones a los derechos humanos

Hace tres meses nos hacíamos eco en este blog el inminente comienzo del histórico juicio contra la petrolera Royal Dutch Shell, acusada de ser cómplice en la muerte del ambienalista Ken Saro- Wiwa. Una muerte que tuvo lugar en 1995 y a la que John Mayor, primer ministro de Gran Bretaña, calificó en su momento de “asesinato judicial”.
Como señaló The Independent el pasado 29 de mayo: “Un caso que observan las juntas directivas para ver si las empresas con capital de EEUU, u operadas desde ese país, pueden ser halladas culpables por violaciones contra los derechos humanos cometidas en el extranjero”.
Aunque hasta el momento Shell había negado cualquier relación con la muerte de Ken Saro-Wiwa y los otros ocho activistas que perecieron a su lado - cuya única actividad cuestionable había sido organizar manifestaciones pacíficas para protestar por la devastación del medioambiente perpetrada por la petrolera en el territorio ancestral del pueblo ogoni -, el lunes su posición parece haber cambiado radicalmente. Sus abogados aceptaron un acuerdo extrajudicial con los demandantes por 15,5 millones de dólares.
Ken Saro-Wiwa Jr, hijo del activista asesinado y parte de la acusación, escribía ayer en The Guardian:
La historia demostrará que este caso es un punto de inflexión. Lasmultinacionales ahora saben que hay un precedente, que pueden ser demandadas por violaciones a los derechos humanos en jurisdicciones foráneas.
Por su parte, los responsables de la campaña Shellguilty y de la plataformaRemember Saro-Wiwa, señalaban en una carta abierta:
Este es el primer y crucial paso de una larga ruta. A muchos otros ongonis se les ha negado justicia. La gente del delta del Níger todavía ve cómo sus vidas y sus tierras son destruidas cada día por el impacto de Shell y otras compañías petroleras.
Claro que fue el dictador Sani Abacha quien ordenó la ejecución, y que fueron sus militares quienes cumplieron esa orden. Claro que han sido las corruptas administraciones nigerianas las que han fallado al reprimir y postergar a su propia gente, en especial a los 300 mil ogonis que viven en el Delta del Níger.
Pero pruebas de la connivencia de Shell con estos hechos no faltan. Desde que comenzara a funcionar en 1958 la región, la empresa no ha tenido ni un solo gesto de enmienda, de reconocimiento del daño ecológico y social que estaba causando.
Lo que lleva a preguntar - y sepan perdonar algunos la simpleza de los argumentos, ese "buenismo" congénito del que acusan a este blog -, no ya por los valores morales de los directivos de esta empresa, sino por su mera lógica estratégica. ¿Cuánto dinero hubiese costado satisfacer las demandas de los ogonis? ¿Tan imperioso resultaba elevar al máximo la cuenta de resultados? ¿Había fondos para sobornos a gobernantes, para pagar a mercenarios, pero no para reparar el daño sufrido por la gente humilde en sus tierras?
Como consecuencia de esta falta de miras, hoy tenemos que el Delta del Níger se ha convertido en una auténtica zona de conflicto armado, pues las manifestaciones pacíficas han dado paso a la violencia tras años de hastío.
La misma pregunta que uno se hace ante el informe publicado el 3 de junio de 2009 bajo el título: The True Cost of Chevron. Informe que muestra que los directivos de esta compañía están siguiendo una estrategia igual de nefasta y poco inteligente en algunas zonas de América Latina.

Leo en Público una noticia tan alucinante como dura. En la que, encima, Escolar borda redactándola  a su manera, como solo sabe él hacer.

Parece un cuento de Dickens pero no sucedió en la Inglaterra del XIX sino en la Gandía del siglo XXI. Franns Melgar, boliviano, inmigrante, sin papeles, sin derechos, sin contrato, trabajaba de once de la noche a once de la mañana en una fábrica de pan por 23 euros al día: el precio de 23 baguetes. Hace unas semanas, una máquina le cortó el brazo y el patrón decidió que su culo era más importante que el brazo de Melgar, así que llevó a su obrero hasta cerca de la puerta del hospital, le pidió que mintiese sobre el accidente, tiró el brazo a la basura, limpió la sangre, limpió la máquina y siguió la producción. Parece que también limpió su conciencia. Dice el patrón, en declaraciones al diario Levante, que “toda la culpa fue suya” (de Melgar) porque “estaba borracho” (también Melgar). Los médicos intentaron reimplantar el brazo, pero no lo encontraron hasta varias horas después, rodeado de basura, cuando ya era tarde. A diferencia del obrero, del patrón no se ha publicado su nombre.
Dicen que la izquierda está fuera de su siglo porque ya no existe el proletariado. Es falso: los obreros de Dickens siguen ahí, igual que los abusos de algunos patrones, sólo que ahora se les llama sin papeles y no tienen derecho a voto. No existen, no son nada, no son nadie.
Esta tarde, antes de escribir esta columna, llamé al gabinete de prensa del Ministerio de Trabajo para intentar conseguir algunos datos importantes: qué multa paga un patrón que no contrata a sus trabajadores, cuántos accidentes laborales hay en España y cuántos de ellos afectan a inmigrantes sin contrato. No supieron contestarme. Su única respuesta: “Es que mañana es fiesta en Madrid”.
Ahí queda eso. Felices sueños.

Ardid

Hoy, un día tarde, mi perita.

ardid.

1. adj. desus. Mañoso, astuto, sagaz.
2. adj. ant. ardido (‖ valiente).
3. m. Artificio, medio empleado hábil y mañosamente para el logro de algún intento.

Ya está aquí. Ya llegó. Este fin de semana próximo es el Maratón de Guadalajara. La fiesta de la palabra. Un evento sociocultural en el que toda una ciudad, sus poblaciones cercanas y parte de la provincia, celebra la suerte de utilizar la palabra para hacer estallar la fantasía. La fiesta del uno habla y muchos o pocos, depende de la hora, escuchan. La fiesta del mírame, mírame. Guadalajara, su Seminario de Literatura Infantil y Juvenil, ha conseguido involucrar a un porcentaje elevadísimo de su población en este evento, de los más importantes, el más reconocido, a nivel nacional.

Un maratón de cuentos ininterrrumpidos, desde el viernes hasta el domingo, un maratón de ilustración, de música, de fotografía, de radio, de internet... Charlas, talleres, un festival internacional de profesionales...

Empieza el viernes y su pogramación la podéis encontrar en la web del maratón totalmente reformada y actualizada. Que sí, de verdad: a  c  t  u  a  l  i  z  a  d  a

También es el punto de encuentro de muchos de nosotros. Para la gente que nos dedicamos a contar es también un maratón de abrazos, de risas, de palabras, de intercambios, de cervezas en El Favorito...

Bienvenidos al maratón de los sueños, de la palabra, de la mejor vida. A ver si nos vemos por allí. 

Luna Llena

Esta es la luna que se ve desde mi casa esta noche. Gracias a un telescopio, de principiante, y un método arcaico de fotografía, puedo guardar esta imagen, detenerme, acercarme, a este regalo que cuelga de un hilo invisible, cada mes, que cada vez mira menos gente, pero que tanto tiene que ver en nuestra cultura y vida. 

Un regalo, insisto. Y además gratis. Solo hay que mirarla, detenerse, mirarla y dejarse llevar.

Feliz luna de junio, que es la última de la primavera.

En mi día a día y cuando tengo tiempo, sigo la pista a varios blogs de centros de enseñanza donde se les da una importancia destacada a su biblioteca escolar. 

Uno de ellos es el IES Francisco de los Ríos, en Fernán Núñez, un municipio de Córdoba. Esta mañana, leo en su blog que han concedido, dentro de la ceremonia de despedida de la promoción de bachillerato de este año, la insignia de oro al bibliotecario municipal que, además fue alumno del centro.

Las razones son para ponerlas en negrita así que allá voy:

.- la relación fluida y constante que existe entre ambas instituciones
.- la permanente disposición a colaborar en las actividades propuestas y a proponer otras
.- porque ha sido y es GRACIAS A SU BIBLIOTECARIO, un centro de actividades en las que todos pueden encontrar apoyo y recursos para el fomento de la lectura y el estudio

No me digáis que no os da envidia. Yo nunca entendí por qué los centros educativos viven de espaldas a las bibliotecas.

No lo entiendo, espera, que lo repito pero en negrita:  n o   l o   e n t i e n d o

Eso se da, sobre todo en mi comunidad y mira que hay bibliotecarias pesadas como Pepa, de San Vicente del Raspeig, que insiste en colaborar e insiste, pero la mayoría de las veces... nada.

Siempre que puedo, en los talleres que doy a profesionales de la enseñanza se lo ruego: localizad la biblioteca más cercana al centro donde trabajáis (hay que empezar por ahí que a veces no saben ni dónde está) y hacedla vuestra, invadidla, secuestrad sus libros en vuestro centro.

En el artículo del blog del Fracisco de los Ríos lo pone bien clarito:

Las instituciones culturales y educativas, y especialmente las bibliotecas escolares y públicas, deben trabajar coordinadamente desarrollando acciones locales que aprovechen el caudal de ambas instituciones en beneficio de los estudiantes y los ciudadanos en general.

Pero ya no pongo más, os dejo que lo leáis en su blog , pero vaya desde aquí mi fecilitación a Juan Jesús el bibliotecario y mi agradecimiento que es doble, al IES por el reconocimiento y el trabajo y a la biblioteca por el trabajo que a veces cae en saco roto, silencioso, o incluso silenciado. FELICIDADES Y GRACIAS.

la foto de este post ha sido tomada del blog ya reseñado en el mismo

No dije nada pero estuve la semana pasada en dos municipios donde no había contado nunca. En Tavernes de Valldigna (que hay otras Tavernes pero son les Blanques) estrené Biblioteca. Una biblioteca grande, adosada a la Casa de Cultura, unida a ella por un pasillo laaaaaargo. La Biblioteca tiene una vidriera que va desde la segunda planta a la primera. En la de arriba estudian y disfrutan libros los adultos, en la de abajo, que es la de la foto, los niños, niñas, jóvenes y adultos que leen prensa y mapas. Las bibliotecarias, por lo menos las tres que conocí yo, majas majas, y la sesión curiosa cuanto menos. Rondábamos los 50 en número y los 60 en edad media. Asistieron un buen grupo de mujeres de la Escuela de Adultos y dos chicas que tuvieron a bien y valor para sentarse en primera fila. Las historias fueron saliendo de poco a poco y de poco a poco la sintonía hasta una entrega total. Con un hombre como usted no sé yo dónde iba - me llegó a decir una mujer a la que la risa la tenía desbordada. Que tengo un marido que no se ríe de nada -seguía, y allí yo, tan tímido como soy, sin saber qué decirle hasta que al final me animé -pues búsquese a otro mujer, que tiempo hay, solo hacen falta ganas - y otra vez la risa. De sorpresa y de las gratas vino Luisa, la bibliotecaria de Simat que queda cerca, con su hija a las que ya conocí en el encuentro que se organizó allí el año pasado.

Corriendo, corriendo, riendo, llego a Rafelcofer. Es un municipio pequeño cerca de Gandía, que queda rodeado de naranjos y un silencio nocturno lo envuelve. Allí me espera Reme, su bibliotecaria, que me lleva al bar de la piscina a comerme un bocadillo de jamón del bueno y una alhambrita fresca. No sabemos, de entrada, cuánta gente puede venir, igual tres, igual 50. Y ahí anduvimos, nerviosos, pero poco porque en la puerta del auditorio nos espera un grupo de gente grande, pero no tanto como el que está por venir, y vienen con ganas y eso se nota. Yayerías conté en Rafelcofer. Lo pasamos bien también, y la noche noche se nos echó encima. Entre el público Paula y Lorena, las de la foto, que me habían visto en Tavernes (las de la primera fila) e hicieron el mismo viaje que yo para seguir escuchando en la misma tarde, con la misma voz, historias distintas y eso merece una foto, claro, que cuelgo aquí, y unas gracias que ya di allí. Ademas Lorena ya me había visto en Ibiza. Qué grande este oficio y qué pequeño el mundo.

Me encanta trabajar por mi tierra. El viaje de vuelta vine oliendo a mar, ése que da forma y razón a nuestra cultura. Además aún no huele a protector de factor 15. Un lujo oiga. Un lujo.

La Feria del libro de Madrid es una locura. Hay personas por todos los lados, personas que van, que vienen, personas que se detienen, personas que miran, que ríen, que se deslizan sobre patines, personas pegadas a un móvil, a una cerveza, personas paseadas por un perro, o que han hecho ventosa en una silla bajo una de las pocas sombras que hay, personas que hojean libros, personas que ojean a las personas, personas que saben, personas que dicen que saben; personas que leen, que compran, que llevan bolsas con uno o dos libros, con más, sin libros; personas que van a los puestos donde un cartel anuncia Hoy firma... Personas. Eso es la Feria del libro de Madrid: PERSONAS por todos los lados y de todo tipo. Me atrevería a decir que hay más personas que libros. Y mira que libros hay. Hay libros por todos los lados y de todo tipo también, de toda materia, de todas las fuentes, tipografías, editoriales, precios... pero mira, para llegar a los libros uno se tiene que hacer sitio entre las personas y haciéndose sitio uno se va encontrando con algunas a quien conoce y no espera ver como Ana Cristina Herreros que andaba firmando su libro premiado, o Héctor Urién, el narrador guapo al que siempre es grato encontrar, o Luz del Olmo, bibliotecaria de Chinchilla de Montearagón, o Virgicris, una de las conquenses más bellas de las dos castillas, o Antonio Lozano con quien un abrazo y una cerveza siempre se quedan cortos o Juan Albendea, de Priego. Otras personas a quien uno espera ver, como Samuel Alonso, o Belén Kalandraka que en la foto aparece en medio junto a Beatriz Osés , o María de A Mano Cultura , responsable de que aparezca por la feria a trabajar. Porque a eso he venido, a contar en el pabellón infantil
Si pasear por la feria es una locura, imagínate contar. Contar en un pabellón con más de ciento setenta sillas llenas de personas que vienen; algunas a refugiarse del sol que mantiene los treinta y dos grados en el ambiente sin esforzarse, otras a sentarse y descansar de los chiquillos que no hay manera de que se queden sentados, otras a hojear por encima los libros que acaban de comprar mientras ojean los que decoran y pueblan el pabellón infantil, montado y capitaneado por la gente de A Mano, que, como cada año, crean una isla de literatura infantil en medio de la vorágine editorial y humana, tratando de que la gente mantenga un orden al entrar, al salir, al estar, pero ya sabemos como somos los humanos en grupos de número indeterminado pero numeroso, si además es gratis: impredecibles e incontrolables. Contar en estas condiciones, de entrada es complicado: una señora que se lleva a su niña en el tercer cuento, otro que trae al suyo hasta la primera fila en el cuarto, un señor que habla por teléfono tapándose la boca con la mano pero que su voz va por encima de la mía que está amplificada por un micrófono que además recoge el vendaval tramontano que viene del aire acondicionado... Pero a veces pasa; hay momentos en los que se consigue y vamos todos a una, a la historia. Hay instantes que las palabras del cuento envuelven, no todo, porque es imposible, pero si a todos los que se dejan llevar bien por lo que dice la historia, que los hay; por suerte hay gente que ha ido a escuchar, a escuchar las historias, a dejarse embelesar, a soñar y eso es un lujo. Por ellas merece la pena. Y entre las otras, hay un número que se deja llevar por lo que hace la mayoría. 
Contar en la Feria del libro es una locura. Aunque se hagan dos sesiones, aunque se hicieran cinco. Los cuentos van y parece que sean un turista europeo en un lago de caimanes. Queda la esperanza de que cada uno coja un trozo de cuento, se quede con él y luego, en casa, o por el camino, o en la biblioteca buscando el álbum que cuento, puedan recomponerlo y saborearlo, en la intimidad, a su ritmo, que es como se saborean bien las cosas. Aún así, la gente que puebla cada sesión, insiste en felicitarte por tu trabajo y sonriente y desconcertado aceptas las felicitaciones aunque piensas que ojalá se vuelvan a cruzar con la palabra en mejores condiciones, sin tanto ruido, sin tanta euforia, sin tanto teléfono móvil con cosas más importantes que la fantasía, que la historia que se cuenta, que el respeto al trabajo de un contador. Pero, insisto, hay personas que llevan a sus niños y niñas, o a sus propias personas aunque tengan 17, 25, 38 o 72 años. Sus ganas son razón y excusa perfecta para ir, sentarse cerca para sentirse cerca y saben que es interesante que la persona que cuenta las sienta cerca. Y están mirándote, y miran mal a quien habla por teléfono, o rebufan al que se levanta y arrastra a un niño, o chistan al que habla o molesta o no ha ido a escuchar. Son menos, pero no son pocas. Y por ellas, dejadme que insista, merece la pena.
Un placer de viaje. Rápido, ir tocar la pared y volver, pero con tiempo para comer, conversar, charlar, cervecear, abrazar, reír, contar, comprar un par de libros o tres (tres pares) y regresar con una canción y un cuento en la cabeza y una conversación porque en este viaje no fui solo. Fui con un regalo: el tercer ALBO. Al principio, los Albo fuimos tres: Pablo, el que escribe y Toni, en la foto sonriente, en la vida también. Un placer compartir novecientos kilómetros con quien tienes tanto para hablar y poner en común.

Un cuento de Pep Bruno , que me regala cada lunes, me lleva a esta palabra curiosa y grande. Y, claro, en esta zona, de constructores con clientes símbolo de la humildad, a veces uno los puede contemplar en la entrada atravertinada de un chalet pagado por vete tú a saber quién.


atlante.
(Del lat. atlantes).

1. m. Persona que es firme sostén y ayuda de algo pesado o difícil.

2. m. Arq. Cada una de las estatuas de hombres que, en lugar de columnas, se ponen en el orden atlántico, y sustentan sobre sus hombros o cabeza los arquitrabes de las obras.

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